domingo, 25 de diciembre de 2005

Un viajecito por la Jungla

El pequeño pueblo donde hago mi rural es un modesto caserío donde si hay luz eléctrica es bastante. Un día, me comunican que en un pueblo cercano están de festividades o algo así. Viendo cómo el pueblo se quedaba desierto, y sin nada que hacer en el subcentro de salud, más que encender mi PS2, decidí conocer el otro pueblito.

Trepo el destartalado transporte y entre un amasijo de pobladores tratando de caber en la vetusta estructura de madera, me dirijo luego del mediodía. Es un camino veranero, sólo de tierra apisonada. Que cuando llegan las lluvias la convierten en una cinta de lodo pegajoso y resbaladizo que obligan a traccionar a mano el vehículo (eso lo comprobé hace poco).

Entre la estridente música y las risotadas de los pueblerinos, finalmente llego al pueblito. No mucho que ofrecer, este ni siquiera electricidad tenía. Sólo unos partidos de soccer entre los equipos de los recintos, un poco de música ensordecedora y ríos de cerveza. Son aproximadamente las 6 de la tarde cuando la gente dice que van a regresar.

Y todos en ese momento se meten a empellones y contorsiones en la ranchera, hasta que las llantas se hunden por el peso excesivo. El chofer sale y protesta que así no podrá ir, pues una llanta o todas podrían explotar. Entre reclamos, tozudeces y gritos, decido bajarme del techo de la ranchera. Sugiero que todos los hombres que queden para que tengan la preferencia mujeres y niños. Fue hablarle al viento. Que ya este es mi asiento y no me muevo, decían muchos. Así que uun buen grupo de gente quedó en el pueblo.

Luego de otro ameno rato de charla con una de las chicas, decido finalmente irme a pie hasta el pueblo de donde salí. Me dije que si un cuarto de hora se hizo en la carcacha, como mucho una hora y media me llevaría de caminata.

Al empezar a caminar, voy viendo que la luz va menguando con rapidez. El cielo luce púrpura y rosado, resaltando los matices verdes de la vegetación que rodeaba el camino. Pura selva. Virgen en muchos aspectos. No había contado que el camino era como un electrocardiograma, repleto de subidas y bajadas. Y yo que traía mis pesas tobilleras, esto no iba a ser una dulce caminata en la pradera...

Empiezo a sudar profusamente mientras subo una colina. El mayor ruido que oigo es mi propia respiración y los pasos de mis zapatos sobre el suelo. Los tonos rosados y púrpuras van desapareciendo y dan paso a un azul negruzco que se oscurece con rapidez. Asimismo los matices verdes de la vegetación se van homogenizando en un solo verde profundo y mate. Empieza a caer la noche.

Escucho de repente una mezcla entre chillido y silbido fantasmagórico, muy cerca mío. Por un momento el corazón me salta, pero sé que es algún ave que ya empezó su ronda nocturna. Pero ese sonido no deja de ser inquietante. Había oído leyendas de cierta ave cuyo canto recordaba el decir "al hueco va" y que presagiaba muerte cercana. Aprieto el paso. De cuando en cuando veo moverse la vegetación, pero al voltear la mirada todo vuelve a la calma. De todos modos, siento centenares de ojos en mí. Es que yo soy un intruso.

Todo tono de rosa o púrpura del cielo ha desaparecido. Sólo el brillo de las estrellas despunta en la cortina del cielo. Asimismo los árboles y arbustos se han convertido en sombras sinuosas y siniestras, que se mueven con el suave viento. Por momentos me da la impresión que la selva quiere tragarme, devorarme. Proporcionalmente con la mengua de luz, aumentan los ruidos, los chillidos, los aullidos, y cientos de sonidos que saludan la llegada de la noche.

Mi paso apretado por momentos se convierte en trote. Ruego que no aparezca ninguna bifurcación, porque no deseo deambular permanentemente y que mis huesos nunca sean encontrados. Tengo un coro de voces enloquecidas y salvajes resonando en mis oídos. ¿Por qué tienen que sonar los animales de la selva tan terroríficamente? Ni una persona, nadie en el camino. Estoy completamente solo cruzando una jungla poco explorada, viva, aullante y hambrienta. En ese momento me vino a la mente las palabras de Marv de Sin City: "La gente anda por ahí diciendo que la naturaleza es encantadora y hermosa. Seguro que ellos no han pasado la noche atados a un árbol..." No, no deseo estar en los zapatos de Marv. Por lo menos no hoy.

Mi camiseta está pegajosa y mi boca seca. Fue una mala idea traer las pesas tobilleras. Mis piernas me arden un poco y siento la garganta de tela. Y nada de vida humana. Ni una luz, ni una persona a caballo, nada. A lo lejos oigo un zumbido que podría ser el motor de un auto, pero no veo faroles. Sigo avanzando, sorteando huecos, tropiezos, y sobre todo, más chillidos infernales que me van asustando.

Pasa lo que temía: Un plato ofrecido con la mejor intención se convierte en una abominación para mi intestino, y lo está tratando de eliminar lo más rápido posible. Un doloroso retortijón me sacude el vientre. Mi sudor pasa de caliente a frío mientras me detengo tratando de soportar los espasmos y rogando que sólo sea un gas atravesado. Si es diarrea, a la mierda, literalmente. No hay papel higiénico ni letrinas. Al aire nomás. Sólo fue un espasmo. PEro se multiplicarán.

Antes de darme cuenta, doblo un recodo, asciendo un poco y ahí está. San Francisco del Onzole. Mi pueblo. Un enorme alivio me entibia. Llego a casa, voy al río a bañarme y a la cama. No hay que subestimar la jungla. Ni destruirla, como tantos hacemos.

Yo respeto la jungla, ahora que la he conocido un poco.