domingo, 26 de febrero de 2006

¡¡TENGO HAMBRE!!!

Por supuesto que deseaba medirme esa noche.
¿Siete horas de caminatas por esas calles hermosas y resplandecientes de Buenos Aires, más interminables antojos de degustar este y otro alimento típico, sean choripanes, sean bifes, sean aguilas o sean alfajores son regusto a anís (siempre cantando una ópera a mis papilas mientras descendían a mi estómago); más mis ojos que habíanse lanzado una y mil ocasiones a catar los reflejos que despedían esta, u aquella u esta otra ninfa de piel nacarada y rostro etéreo que cruzaban a mi lado una y otra vez; o mis oídos que registraban notas nunca antes oídas, arrancadas de la laringe de un Zorzal que llevaba más de 75 años de muerto?

Los sentidos debían cansarse.
Mas no mi entusiasmo.
Así que proseguí.

Y oh, bestia de mí, ya sumergido el disco de Ra bajo los bussiness buildings y ya habiendo dado la posta de sus dorados rayos al omnipotencial neón que retorciéndose y quebrándose gritaba a mis vistas Coca Cola, Movistar, Teatro Colón, Mc Donald`s y miles de otros discursos que tácitamente cruzaban ante mí, seguía avanzando. Mis pies gobernaban en ese momento, ni me dolían, ni me quejaba, ni nada.

Y dale que caminaba.
Decido parar en un paquete de ruidos entrelazados con efectos electrónicos y batidos con un humo fragante y decorado con haces de colores primarios y secundarios tan crudos y directos que ni siquiera hacían el lógico producto cuando se entrecruzaban.
Música.
A más de noventa decibeles. Si pasaban los ciento diez mis oídos me dolerían y correría un serio problema de riesgo de sordera. Me gustaba. No sólo mi órgano de Corti se sobrecogía con las cargas violentas del sintetizador. Ni mi humanidad se
sobresaltaba con tanto cuerpo apretujado, unos tratando de disfrutar su bebida, otros, moviéndose en audaz sincronía al ritmo único, otros, simplemente en actitud contemplativa, pero vivos igual.

Ah, sí, mi bebida. Tal vez ella era la responsable.
Mezcla de un licor, un vino, un amargo y zumo dulce para enmascarar. Y yo con la sed, todo adentro casi sin saborear. Patán.
Debiste saborear. Un buen sorbo en tu garganta. Cada etanol, cada tanino, cada sucrosa, cada escencia. Saborear. A eso viniste, ¿no?

Pago otra.
Cometo el mismo pecado. Gulp. Pa dentro. ¿Pero qué mierda me pasaba? ¿Acaso me matarían luego? ¿Tenía algún compromiso? No.
Simple voracidad lupina. Mi lobo interno, el mismo que aullaba de placer mientras mis carrillos abultaban con ese bife de chorizo casi crudo, casi sin masticar. No comía, tragaba. No me alimentaba, me cebaba. Bestia. Animal. Eso era lo que era.
Aún fuera del restaurante podía saborear los hilillos de jugo que aún quedaban en mi barbilla.
Qué malos modales.

Ahí tienes, majadero.
Se te trepó la bebida. Cuidado y la cagas.
Sobre todo viendo esa cosa, envuelta en rojo y metal negro que, junto a otras como ella, sacaba curvas y sinuosidades de lugares que me parecían risibles. Ya vas y le coges las nalgas protegidas por su escudo de vinilo.
Se te trepó la bebida. Y tienes ganas de cagarla. Sólo una membrana separa tu gentleman del caveman.
No. Puedo con esto. Puedo con ella.
Sólo mirarla. Con verla a los ojos, me basta.
Vamos mamita, mira para acá. Sólo un ratito.
Ahhhhh... Unos ojos para matar. Buena. Contacto. Se abrió el enlace.
Pero no te la quedes viendo tanto tiempo, gil. Va a pensar que la quieres violar o algo. Sonríe, haz algo. ¿Cinco segundos y sólo una sonrisa sin dientes y la bebida elevada? ¿Dónde llegarás con esa actitud?
Aunque...
Camina hacia acá. Oh Dios, camina hacia acá. Esa hembra, ese mujerón, esa mamazota, camina hacia acá.
- Hola.
- ¿Solita?
(Buena, cojudo, bien que la viste con sus amigas y eres capaz de lanzar esa barrabasada.)
- Depende... ando con mis amigas...¿y vos?
Su voz es una anaconda que va penetrando mis canales auditivos hasta callar incluso ese rave trance a 1000 kmp.
- Turista... primera vez que ando por estos lados.
- ¿De dónde sos?
- Ecuador.
- ¡Ay, qué lindo! Y cómo te...

(no es tan importante)
...
- ¿Te gusta mi piso?
- ¿Eh?

¿Dónde me hallaba? ¿Con quién estaba? ¿Quién era yo? ¿Cómo llegué aquí?
Bolsa. Sus manos, entrelazadas en mis hombros ahora, me hicieron un upload de realidad.
- ¿Estás nervioso, lindo?
Se te trepó la bebida. Patán.
- Pon algo de música y veremos luego...
Pero si ya estaba sonando. Un ritmo pegadizo, como sus manos, caliente, como sus susurros a mi oído, exótico, como cualquier cosa que se te ocurra definir. Empezamos a bailar despacio. Me siento como un inválido en sus terapias. Tieso, chueco y
torpe. Sigo a trompicones su movimiento continuo e hiperbólico, lo que le hace reír un poco. La estoy volviendo a cagar.

Grande, aprendiz de galán...
Me mira de repente con esos ojos de matar. Me perfora mis retinas. Mi cabeza desconecta todos sus cables de cognositividad y los integra a otra cabeza menos teórica y esencialmente práctica. Mi sed, la estoy calmando. A tragos grandes. Mi sed de ella. No me puedo desprender. Mis manos no pueden dejar de sentirla, mi nariz no puede dejar de olerla, no. No. No.
Hambre. Tengo más hambre. Quiero más carne. La quiero ya. En mi boca. En mis manos. Saborear. Gustar. No quiero alimentarme.

Solo quiero saborear. Ser gourmet. De su piel.
Esa blusa de seda de 300 pesos, ese pantalón de vinilo negro de 450, sus sostenes y pants de Verónica`s Secret han perdido su glamour, su caché, su distinción y se encuentran mezclados con mi jean de bahía de 8 dólares, regateados de 15. Con mi
camisa de algodón cuencano. Con mis boxers chinos de 5 dólares los 3. Y mis medias de 3 años. A la mierda la moda.
Lo que está debajo es lo importante.

Y ahí estoy, deslizando la punta de mi lengua sobre el nacimiento de su pelo y los contornos de sus orejas, mientras ella muerde con fruición mi esternocleidomastoideo izquierdo (auch!), pasando una mano por toda su espalda, sintiendo erizarse cada pelito minúsculo, y la otra palpando a más no poder todo lo que ella no mostraba en su escote.
No pienso, no puedo pensar. La otra cabeza mía estaba computando acciones mucho mejor que la pentium 6, aún sin salir.
Tengo que comer. Tengo que comer.
Le aparto su torso del mío y me aferro a esos manjares gemelos. Me paso catando y chupando redondeces, cambiando de texturas, de sedosa y tierna a levemente rugosa y tiesa. Y los sazonan sonidos de muy arriba mío.
- hhaaaa....mmmmm....papiiii....
Ella también come. Saborea. Precisamente su mano está atosigando mi cabeza activa. La perturba. Siento un empujón de ella.
Entre sorprendido y aún hambriento, caigo sobre esas sábanas tan frescas y esa música aún resonante. La siento catar un bocado mío muy oculto. Pero sólo lo saborea. Lo lame, lo chupa y lo muerde despacio (uf..)
Mi hambre vuelve rugiente.
Agarro su cuerpo, lo manipulo, lo manejo a mi antojo, hasta que lo pongo como deseo. Y beso. Y vuelvo a besar. Sus labios llenos y jugosos. Beso tierno, muchita, francés, esquimal. Paso toda mi boca por la suya. Ella mezcla jadeos y gemidos. Y
sigue ensimismada en mi cabeza.
Hasta que ya no quiere. Voltea su cabeza, se desenreda, se desprende, se desata. Cae sobre las sábanas y queda como muerta.
Sólo su respiración agitada y su elevando sonrojo me dicen que no ha muerto. Y sus palabras desesperadas...
- Ven, mi amor, te quiero dentro mío...
Hay que complacer a la dama. A las damas se las complace. Se las mima. Se las consiente. ¿Soy un caballero? No. Soy una bestia. Soy un lobo hambriento. Un lobo enfundado con cultura, conocimientos y lengua humana.
Mi mente divaga, delira, está acá, está allá, está acá, está allá...
- Ah-ah-ah-ah-ah...
Allá, acá, allá, acá, allá, acá, allá...
- AH-AH-AH-AH-AH-AH-AH-¡AH-AH-AH-AH!
¡¡ALLÁ, ACÁ, ALLÁ, ACÁ, ALLÁ, ACÁ,A-
-¡¡¡MMAAAAHHHAAAAAAAAaaaaaahhhh.....!!!

En cualquier puto lugar.
Sentí el Big Bang. Lo creamos ella y yo.
Abro los ojos y estoy en mi hotel. Algo pasó. Algo debió haber pasado. No es muy claro, pero pasó.
Algo que debía ser memorable, pero del que apenas recuerdo algo.
Pero sí queda algo.
Que resucita, se regenera y vuelve a levantarse rugiente, aullante.
HAMBRE...
TENGO...HAMBRE...