martes, 29 de agosto de 2006

Renovando el guardarropa en Atuntaqui y Otavalo...

Bueno, finalmente he terminado mi año rural. Chao selva en peligro de extinción (ver posts relacionados), chao lugareños amables, chao calor húmedo invivible, chao negras ricas. Hola por el momento la provincia de Ibarra, pues tenía que asistir a un seminario de "despedida" y dado mi exilio que impedía que llegasen noticias sobre congresos para enriquecer mi currículum, pues a este iba porque iba.

Razones habían de sobra. Una de las principales: Saborear ese frío delicioso serrano. La segunda, los paisajes únicos para recrear la vista. Tercera, la comida, que ya estaba un poco aburrido de tanto pescado y granos. Cuarto, Atuntaqui, que no sé por qué milagro descubrí en un noticiero que en ese lugar había un emporio manufacturero de ropa de magnífica calidad y precio que rivalizaba al de los chinos y su ropa de a dólar que en dos lavadas perdía color, forma y costuras.

Debido a circunstancias propias, mi viaje se retrasó hasta entrada la tarde. Salí de Borbón en un carro hacia San Lorenzo. Ahí me di cuenta que la cultura colombiana estaba bastante enraizada. Muchos de los comercios y restaurantes eran marca colombia. Almorzé justamente una sopa como de albóndigas pero con trigo y arroz de cebada. Su segundo era tan cholo como el que más, pero el agua de panela era infaltable. A las cinco de la tarde tomé el carro hacia Ibarra. Conforme me alejaba de la zona, y bajo el continuo aguacero, divisaba enormes áreas de lo que era verdor virgen, convertida en zonas de siembra de palma real... ¿Algún día descubrirán los efectos a medio y largo plazo del aceite de palma africana recogida? Mientras caía la noche, ocurría lo típico del viaje largo: A escuchar vallenatico hijo de mil putas, pero ah... ahora contaba con un arma secreta: Mi nuevo MP3 player. ¡Destroza esas notas asquerosas, Megumi-chan!

A eso de las nueve y media de la noche, llego al terminal de Ibarra. A pesar de estar oscuro, me doy cuenta que aún conservaba su apelativo de "Ciudad blanca". Deseaba mucho dar una vuelta por esos lugares, lo cual lamentablemente no sucedió. Tras dubitar un rato si quedarme a dormir en Ibarra o jalar de una a Otavalo, me decidí por lo segundo. OTra media hora de viaje, esta vez por suerte sonando música autóctona, y llegamos a Otavalo. Con lo cansado que estaba, sólo tuve energía suficiente para buscar hospedaje barato, algo de comer (considerando que llevaba unos 30 kilos de equipaje al hombro) y caí.

Al día siguiente, mientras me dirigía al lugar donde se celebraría el congreso, me fui topando con algunos colegas manabas. Mientras tanto, me daba cuenta que Otavalo era en verdad una ciudad pequeña, pero muuuy pujante. Ese era el ejemplo del otavaleño trabajador y próspero. Incluso importadoras chinas no podían ser rival digno del producto hecho a mano y barato igual. Las calles casi todas adoquinadas, pavimentadas o con concreto. Caminar era un placer. Eso sin contar con la temperatura, muy agradable, que oscilaría entre 19 y 14 grados como mucho. Exquisita.

Aparte de eso, ver el contraste de ciudad con paisaje montañoso daba un especial atractivo a la ciudad. Debido a la gran afluencia turística, había gran nivel cosmopolita. Podía hallarse restaurantes de comidas internacionales sin problema, junto a muchos turistas extranjeros en busca de recuerdos, artesanías y ropa. Un detalle muy interesante y atractivo era que la basura, al ser recolectada a las 9 de la noche, los camiones emitían una suave melodía de campanillas que avisaban de su llegada. Como para que aprendan los patanes de acá, que a trompetazo limpio vienen a recoger basura...

Ropa. Aprovechando una pausa en el congreso al mediodía, me escabullo y tomo un carro a la famosa Atuntaqui. Menos de diez minutos y ya estaba.
En el citado pueblo, observé que efectivamente su economía giraba sobre la manufactura de ropa más que el turismo en sí. Cada manzana contaba por lo menos con una tienda de ropa hecha localmente. Podían ir de pequeños locales generales o especializados en cierto estilo de ropa a grandes tiendas comerciales que ofrecían sus productos al por mayor y menor. Y como era de esperarse, los precios eran muy buenos. Camisetas de algodón por 2 yanquis, interiores desde un dólar, montones de opciones. Mi prioridad era tórax e interiores. Había regalado casi toda mi ropa vieja o maltratada en mi comuna, puesto que deseaba renovar significantemente mi guardarropa. Y no me equivoqué. Con unos 100 dólares fui llevando una cantidad muy decente de trapo nuevo entre camisetas, camisas, boxers y demas.

Aunque la carga extra significó más esfuerzo al cargar las maletas, valió la pena. Al despedirme, envuelto en el sutil y perpetuo perfume del eucalipto, imaginaba lo orgullosos que debían estar los otavaleños al ver ahora su ciudad. Así como los de Atuntaqui, Cotacachi (no pude ir igual) e Ibarra.