martes, 31 de octubre de 2006

RURAL...

Como vi la bola de relatos de horror para Halloween y lo del blog de Rossy que pedía colaboraciones, aquí les meto éste, que justo fue inspirado un rato entre Alice y yo...

¡Hop!
De un solo salto pasé de la canoa que transportaba, entre mi equipaje y otros lugareños, al primer peldaño de la escalinata de piedra del pequeño pueblo donde iba a realizar mi medicatura rural.
Panchito Bendecido.
Raro nombre, había opinado a mi jefe de área cuando pedía datos del pueblo donde iba a trabajar. Según me decía, este pueblo había sido nombrado hacía relativamente poco como destino rural, digamos unos cinco años. Y guiñándome un ojo, me dijo que me pusiera las pilas, puesto que ese pueblo tenía la fama que los médicos siempre salían fugándose con alguna moza, por ende era un lugar abundante en chicas lindas. Yo no tenía planeado casarme aún, pero si por estos lugares encontraba el amor de mi vida, bien entonces.

Fui recibido con una calidez y una amabilidad mayor aún que en otros pueblos campesinos que antes había visitado... Las sonrisas, los apretones de manos, uno que otro abrazo, junto a una cascada de nombres que tardarían un rato en enraizarse en mi memoria... Niños mal vestidos, desnudos algunos, revoloteaban entre mis piernas como una bandada de cachorros. Escuché una canción, quizá una ronda popular entre los niños:

- "Vino el doctor, el doctor; vino a salvar... vino el doctor, el doctor, vino a salvar..."
- ¡Deje su bulla, niño!

La furibunda orden vino de una gorda doña que logró que los infantes salieran cada uno por su lado. Pidiéndome disculpas, la señora me ofreció sus servicios como lavandera y cocinera. Se lo agradecí. Por lo menos lavandera iba a necesitar. Ayudándome con mis maletas, el que se llamaba el líder del pueblo, don Zender, me acompañó hasta la puerta de mi centro.
Una casa de cemento, de algunos dormitorios y el consultorio con la farmacia, conformaban el centro de salud donde atendería este año. Trabajar 22 días de cada mes, reportarme los 22 y descansar ocho. Aquí, en este pequeño pueblo de selva casi virgen, apartado de todo, sólo accesible vía río.
Conforme pasaban los días, fui haciendo amistad con los habitantes. Tenía la esperanza de contactar con mi predecesor, y fui a preguntarle a don Zender cómo era.

- Ayyyy, doctor, ese doctor antes de uté, era un diablo... con la que era reina de este pueblo se metió y se hizo de su mujé... se fue a no sé dónde, por Quito, creo que era...
- Ah, pero ¿terminó la rural?
- ¿No le digo que era un diablo? Botados nos dejó por irse con su negra, pue...
- De mí no se preocupe, antepongo trabajo y responsabilidades ante todo!
- No, si todos estamo alegre que haya llegado, uté va a ser el mejó- huy dotó con su permizo, tengo oficio, buena tarde...
Vaya con el pícaro...

Mis noches eran tranquilas y plácidas. La oscuridad completa, unida al profundo silencio, me llevaban a uun sueño profundo de inmediato. Tras un tiempo laborando, una noche, me despertó un retumbar relativamente cercano. Un tamboreo violento, profundo, rítmico. Tal vez estaban festejando algo, me dije. Al indagar sobre eso, me respondían que estaban ensayando para un concurso de "arrullo". No pregunté más. Pero el tamboreo aumentaba en tiempo y cercanía.

Era como si estuvieran acercándose a mí los retumbos de tambores.
Justo cuando decidí protestar por el hecho, el tambor calló. Feliz por el renovado silencio, me eché a la cama.

Fue entonces cuando sonó el alarido.
Un espantoso grito, de mujer, un chillido que mezclaba dolor desgarrante, un pánico indecible y un deseo de escape inmediato, taladró mi cabeza. Salté como propulsado con un resorte. El natural terror a lo desconocido, a lo oscuro que impedía ver más allá de mi mano (el servicio de electricidad era muy inestable) me corrió como un baldazo de granizo. Tropezando y trastabillando di con la puerta. Justo me acordé que no tenía con qué defenderme, en cualquier caso. De todos modos grité quién andaba ahí.

El silencio total fue mi respuesta.
Nada. Ni la misma jungla parecía emitir sonido.
Yo, en un océano de negrura y silencio.
Mis pesquisas posteriores dieron resultados nulos. No té, yo no oí, sabrá Dió, era todo lo que escuchaba. ¿Qué ocurre en este pueblo? En la única línea telefónica, me comuniqué con mi jefatura y pregunté sobre el paradero del médico anterior. Me respondieron que habían recibido una carta de éste y que estaba felizmente casado y asentado en una ciudad cercana a la capital pero que pronto emigraría a otro país. Nada más.

Cuando caminaba rumbo a mi casa, vi una ronda de niños cantando la ronda, recitando el mismo cántico que oí cuando arribé por vez primera.
- "Viene el doctor, el doctor, viene a salvar... el pueblo va a salvar... a salvar, a salvar, de la Tunda va a salvar..."
¿La Tunda?
- ¿Quién es la Tunda, niños?
Al oír mis palabras, los niños escaparon como alma que lleva el diablo.

Llegó la noche.
Dormirme ya era más difícil por los sucesos anteriores. Por si acaso tenía mi cuchillo a mi lado.
La puerta se abrió sin previo aviso.
El terror me impidió aferrar el cuchillo, y presa del horror vi una figura curvilínea acercarse a mi cama. Ni siquiera podía gritar, cuando esa figura se sentó a mi lado y me abrazó. Tibieza... olor..a mujer.
- ¿Quién eres? - Murmuré asustado aún.
- No diga nada... susurró sensualmente. Mi terror cerval era sustituido con rapidez por un deseo intenso. Sin poder ver su rostro, tardamos toda la noche amándonos.

Desperté solo.
En vista de la mínima colaboración, me puse a realizar algunas investigaciones subeptricias. Viendo los registros de actividades de mis predecesores, descubrí que ninguno de ellos había terminado su año. Uno había durado 6 meses. Otro 4. Otro 9. Otro 8. Y el último apenas 2! No. Aquí pasaba algo siniestro. ¡Tenía que salir de aquí!
Estando ya terminando mis lecturas, mi ojo captó algo. Unos manuscritos arrugados semi ocultos bajo un escritorio. Era un pedazo de cuaderno. Había un nombre escrito.
¡Era el de mi predecesor!

" Panchito Bendecido es un pueblo siniestro. Las cosas que he averiguado me han hecho maldecir haber estudiado medicina...
Bajo la máscara de calidez y amabilidad de los pueblerinos se oculta un secreto espantoso, indecible, que al parecer ha cobrado las vidas de los cuatro rurales que habían venido aquí en los años anteriores..
."
Lo de hacerse de mujer y escaparse de la rural... era una maldita mentira. Ellos lo habían inventado. Las historias, las cartas, TODO.

"Cuando consideran que el tiempo es el indicado, proceden a realizar un ritual complejo. Primero, durante algunas noches van rodeando la casa del médico, envueltos en la noche, y tocan un 'arrullo' con sus bombos y sus cununos para ir marcando el lugar donde reposaría la 'presa'..."
Esos tambores... ese arrullo... todo eso era... dedicado a mí...

"... tras el 'arrullo' los pueblerinos pasaban al segundo y sanguinario paso. Una doncella virgen es muerta de una sola puñalada (¡El alarido que escuché!) y mediante rituales al parecer vudú o algo así, es vuelta a la vida y enviada a la casa de la presa, donde ahí, realiza un acto sexual, para quitarle el vigor y la resistencia a la presa..."
Un ramalazo de asco me removió todo. Tenía intensos deseos de vomitar. Había hecho el amor con un cadáver...para eso era lo oscuro. Por eso no pude ver cara ni nada... yo... yo soy la presa...

"...Todo este macabro acto es realizado únicamente para complacer a un ser que ellos adoran y temen. Una especie de criatura que aparentemente trae prosperidad. Tal ente es llamado TUNDA..."
La Tunda... ¡la canción de los niños! ¡Ahora todo tenía sentido!

"... rezo a Dios por sobrevivir de este infierno, de este lugar maldito. Con dificultad he logrado escribir estos datos. Así que de no sobrevivir, querido colega que me sustituirás, por amor de Dios, ESCAPA. HUYE. AQUÍ SÓLO TE ESPERA LA MUERTE.
Oh Señor, ya los oigo, ya vienen por mí, escucho ese infernal arrullo, los gritos de la gente, ten piedad de mí, Señor, te
"
El escrito terminó abruptamente.

Y así de abruptamente, la puerta del consultorio fue echada abajo por una horda de lugareños portando lámparas de queroseno, cuerdas y garrotes, sonando salvajemente los tambores una y otra vez del ritual.
Un pesado trozo de madera hizo blanco en mi cráneo. Vi un montón de fuegos artificiales y luego todo calló.

El dolor de mi cabeza me sacó de mi sopor. Estaba en medio de la selva, en un claro, atado a una estaca por los brazos. Don Zender estaba al frente mío, vestido con una túnica roja y blanca, y la cara pintada como las tribus africanas. Recitaba como en éxtasis una letanía de palabras incomprensibles, salvo una que repetía constantemente. Tunda...Tunda...TUNDA...
Iba a ser sacrificado. Empecé a gritar como un loco, ahito de horror, sacudiendo la cabeza. Zender y el círculo de lugareños parecían complacerse con mi miedo. Era casi todo el pueblo reunidos alrededor de sendos fuegos, como esperando a alguien, mientras esos malditos tambores no dejaban de sonar.
De repente los tambores callaron. Unas pisadas retumbaron acercándose. Todos los lugareños se postraron frente al piso, en total reverencia.

Era la TUNDA...
Un monstruo como de cuatro metros de alto, con forma de mujer, pero de belleza no tenía nada. Un cabello pringoso, retorcido y grisáceo formaba una mata sobre su cabeza. Un rostro de espanto, de ojos globosos de iris como de gato color rojo oscuro que coronaban una cerca de dientes enormes, disparejos y sarrosos. Su piel verdosa era gruesa y apergaminada, como la de un elefante. Brazos enormes y venosos, con zarpas que bien podían aferran un adulto. Estaba desnuda, como una fiera. Sus mamas colgaban como odres semillenos y de pezones largos, como tentáculos. Una espesa maraña de cerdas cubría el bajovientre de ese monstruo. Sus piernas colosales daban sustento a ese engendro del infierno.
Abrió las fauces y soltó un feroz aullido.

Esa cosa me iba a matar.
En ese momento Zender, sin levantar casi la cabeza empezó a chillar febrilmente.
- ¡Tunda, toma tu presa! ¡Tu presa, Tunda, ahí está tu presa blanca!!
Yo tenía que salvarme. DE ninguna pensaba acabar con esa cosa verde. De pronto la Tunda emitió un sordo gruñido, sin mover casi la boca. Hablaba...
- ..D..DÉME...DÉME MI..PRESA... DÉME... MI PRESA...¡¡DÉME MI PRESA!!

Fue cuando terminé de comprender. Por algún oscuro trato, la Tunda había acordado devorar a cualquiera que no sea del pueblo, y si era blanco tanto mejor... ¡Para eso eran los médicos enviados! Fueron la comida de ese monstruo, que ahora se aproximaba, con las zarpas extendidas hacia mí. Yo iba a ser la siguiente comida de ese ser, para que el pueblo permaneciera seguro y a salvo... La horrenda cabeza de ese ser estaba ya sobre mí cuando le oí gruñir nuevamente la misma frase. Mi presa... déme mi presa...

¡¡Pues yo no iba a darle nada a la maldita!!
El cuchillo que tenía guardado en mi pantalón terminó de cortar la cuerda que segaba disimuladamente mientras hacía la pantomima de histeria absoluta; y justo cuando las fauces se iban a cerrar sobre mí, salté esquivando la tarascada. En ese momento ya no pensaba en respetos, en juramentos hipocráticos ni en medicina.

Eran ellos y su Tunda o yo.
Un lugareño divisa que escapo del ataque de la Tunda y chillando saca de sus ropas un revólver. Yo sin pensarlo casi le lanzo el cuchillo y se clava en uno de sus ojos. El chillido aumentó mientras yo le arranqué las dos armas y de un sajazo corté su garganta. Luego apunté y disparé dos tiros que le dieron al monstruo en su tórax y en su cuello. La Tunda emitió un rugido fenomenal mientras todos los lugareños se quedaban petrificados por el horror. Zender, con sus ojos como platos me señaló y gritó por encima del rugido:
- ¡¡¿¿PERO QUÉ HA HECHO, DOCTOR??!! ¡¡NOS HA CONDENADO A TODOS!!
La respuesta a cualquier interrogante fue contestada por la misma Tunda:
- ¡¡NO PRESA!! ¡¡NO PRESA!! ¡¡TÚ PRESA AHORA!! ¡¡TODOS PRESAAAAA!!!

En un veloz movimiento agarró con una zarpa a Zender y su boca se cerró sobre su tórax. Se oyó un feo crujido mientras las piernas del hombre se sacudían convulsamente mientras la criatura la devoraba chorreando sangre. Se armó un pandemonium. Todos corrían de un lado a otro mientras la Tunda, aún con restos del jefe del pueblo en sus dientes, lanzaba zarpazos que arrancaban torsos, cabezas y brazos entre chillidos y alaridos.
El dios del pueblo se había vuelto contra éste.
Yo no me quedé a ver cómo acababa la cosa y corrí como pude al pueblo. Dos tipos corrían hacia mí, machete en mano, para hacerme lo que no pudo la Tunda. Mi revólver les dio la bienvenida.

Ya en el pueblo, corrí hacia el muelle y, bendito sea Dios, hallé una canoa con motor. Tras activarlo, salí del pueblo envuelto en la noche, la oscuridad, pero sobre todo, en los brutales rugidos de la Tunda.
No recuerdo cuántas veces me embanqué en la orilla, y bajé casi loco de espanto a meterme al río de nuevo, sintiendo a la Tunda en mis espaldas todo el tiempo. Navegaba casi por instinto.
Finalmente, vi luces. ¡Por fin! El pueblo de mi jefatura. Estaba a salvo...
¿Pero... podrá creerme alguien lo que viví...?