sábado, 6 de enero de 2007

Vaporización


Cuando fui a tu casa, venía con ganas de conversar y verte de nuevo.

Y las expectativas se cumplieron. No hizo falta sentarnos en la sala, en tu habitación estaríamos más cómodos, me aseguraste.

¿Así de espaciosa?


Claro que estaríamos cómodos. Sobre todo ahí, acostadotes a nuestras anchas en esa camaza de dos plazas y media (que te gustaba "esparcirte" por la cama, por eso) hablando de esto y aquello.

Te me acurrucaste en mi brazo y tus cabellos me hicieron cosquillas en los párpados. Tienes un cabello rebelde, mujer, dije riéndome. Así que para no desentonar enrosco mi otro brazo por tu talle, estando cada sección de mi brazo en íntima comunión con alguna otra sección de tu anatomía. Hermosa la sensación.


Un poco zalameramente y bastante hecho el tonto, acomodo el antebrazo para que repose directamente sobre tus generosos senos, escudados por dos capas de tela y algo de armazón de plástico. No opones resistencia. Ideas arcaicas, instintivas y que formaba parte del sexo masculino desde que los pluricelulares empezaron a pulular, empezaron a brotar como la maleza en un campo abandonado.

Palabras y temas que tocaban indistintamente anécdotas, planes y experiencias, y mis brazos que tocaban tu cuerpo, más tibio por momentos.

Aprovecho un cambio de postura tuyo para echarme una siestecita en tu busto. Entre este par de almohadas, el sueño tardaría mucho en venir, pero sería reparador y exquisito. Igual, dormir es de lo que menos tengo ganas. Ríes y me señalas tus almohadas, las de algodón. Que si quiero dormir ahí, pues adelante. Yo no. Prefiero estar ahí, es como estar en un refugio, tus senos redondos, llenos, expandidos. Podría zambullirme y nadar ahí.


Pausa para atender una llamada. Yo. Mi celular. Una dama me espera. Le pido una prórroga a mi tiempo de llegada, sin confesarle dónde ni con quién estaba. Ella acepta y me da otra hora...

Al darme cuenta habían pasado dos horas desde que llegué. Maldita sea. ¿Por qué pasa tan rápido el tiempo al divertirse uno?


Siguen los juegos de abrazos y contactos. De repente, conversando seriamente acerca de los sabores del chocolate de acuerdo a los países, mis labios se encuentran a milímetros de los tuyos. Casi puedo saborearte. Decido hacer prósbocis mi boca para tocar la tuya. Te niegas y te apartas. Pero no te explicas. Yo, un poco confundido, pero no desanimado.

Tras un rato, vuelvo a intentar robarte el beso. Esta vez me miras fijo y me preguntas cuáles son mis malévolas intenciones, sin dejar de sonreír. Te respondo que predicarte las buenas nuevas del evangelio NO son para nada mis intenciones, por lo menos. Carcajeas.


Así que me dedico a olfatearte. El nacimiento de tu pelo, tus lóbulos, tus hombros, tus manos, tus brazos, el nacimiento de tus senos. Te intriga e interrogas. Respondo que deseo memorizar tu aroma. Tu olor propio. No el de la crema para manos que te pones, o el del antitranspirante de tus axilas, o el del colorete de tus labios, o el de la crema de peinar en tus cabellos. Busco tu olor, tu propio e indistinguible aroma.

Y sin anunciarlo, sin solicitarlo, empiezo a rozar mis labios contra tu propio esternocleidomastoideo, sobre el pabellón de tu oreja, tus arcos ciliares, tus párpados estremecidos, tu naricilla tersa y fina...

.. y finalmente, sobre tus propios labios.


El hielo se rompió. O mejor dicho, nunca lo hubo. Más bien, la brasa hizo ignición.

Moldeamos nuestras bocas de una manera u otra, usando de torno, arcilla y manos de alfarero labios, lengua y el delicioso licor que intercambiamos una y otra vez. No veo la forma de separarme de ti, no lo deseo ni puedo tampoco. Tus brazos me aprietan más que una boa a su presa. Por lo menos puedo liberarme un poco de tu besar, y escribir letritas con la punta de mi lengua sobre ese cuello, blanco, pletórico de sangre, nervios y sensaciones. El fuelle de tus pulmones aumenta la llama.


Mis manos tampoco están estáticas. Voy excavando bajo las telas de tu blusa, recorriendo la llanura de tu vientre, ese pozuelo diminuto tan cosquilludo en el centro, deteniéndose ante el escudo de tela y plástico por unos segundos. Pero que cae al fin y al cabo. Oh, sí. Oh, sí. Esa sedosidad coronada por esa pequeña dureza erecta, es algo de lo que nunca puedo aburrirme. No. Mis manos tan egoístas no pueden quedarse solas con semejante disfrute. Uso manos y dientes para levantar tu blusa y apartar tu brassiere para dar luz a tus pechos que rugen por ser comidos.

Provecho.

Tú, quieta, respirando profunda y ansiosamente, y soltando leves gemidos. Más cuando traveseo con los botones de tus jeans, cuando los bordes de mis uñas raspan la piel de tu espalda provocando que leves escalofríos te sacudan de arriba a abajo. O al enredar mis dedos con los contornos de tus panties, de tirantes finos y delicados. Dos chasquidos de dedos y tu brassiere se desconecta. Ahora te mueves. Te quitas la blusa y brassiere sin dejar de besarme. Estás para pintarte. Para fotografiarte. Acostada en esa cama, cruzada de brazos, apretando tus senos y haciéndolos lucir aún más prominentes. Hago el ademán de fotografiarte lo que vuelve a soltar tu risa.


¿En qué estábamos?

Ah, sí. Cataba tus pezones y mis manos iban a cruzar clandestinamente la frontera de lo mostrable y lo indecente. Lo logran. Uno tras uno, los botones del jean saltan, y sólo necesita de un par de sacudidas de tus piernas para lanzarlo lejos. Esas piernas torneadas y lechosas, son mordisqueadas con fruición. Besadas hasta los últimos ligamentos del tarso. Y ahora, entre tus gemidos y jadeos, mi lengua va escaneando tu bajovientre. Viendo dónde dejas de ser lampiña, probando la carnosidad de tu feminidad. Arrancándote gemidos más y más fuertes. Y las llamas evaporan mi saliva, y este vapor niebla mi visión y mis pensamientos conscientes.


Mas no mi boca.

Que de un lado a otro va buscando, reconociendo, probando y lamiendo.

Te estremeces.

Te vuelves loca.

Te llenas de placer.

Te sincronizas a mi ritmo.

Te dejas llevar.

Y te acomete el espasmo, la embriaguez, el clímax.

Yo igual.

Un último beso ardiente y prolongado es interrumpido por la música sintetizada de mi celular.

La dama que me espera debe estar iracunda.

Dos horas extra...


Mierda...


Nota: Por estar ahora viviendo en Quito, no tengo suficiente tiempo para subir imágenes por el momento. Así que disculpen...