miércoles, 2 de mayo de 2007

Puntos sensibles.


En mis brazos.
Una media de seda, de las tuyas.
Obstruyendo la luz de tus ojos. Censurada tu visión.
Me he comprometido a no hablar. Ni un suspiro. Ni un estertor.
Estás ciega y sorda. No porque no oigas, sino porque no deseo hacerte oír nada de mí.
Sólo poso un dedo.
Haciendo un camino tenue e invisible que sólo tú puedes notar.
Que conduce a un terreno de deseos poco explorado por tu persona.
Perfilo tu barbilla, mis yemas suben con lentitud por el contorno de tu rostro, por la comisura de tus labios.
Caminando por esas áreas epitelizadas sin queratinizar tan sensibles y suaves llamadas labios.
Mojo mi índice en tus dientes húmedos, mostrados ocasionalmente.
Con ese pincel humedezco y creo un cuadro en tus mejillas. No soy Picasso ni Miró.
Espirales, curvas como las tuyas, puntos al azar, dibujados con tinta transparente en tu piel.
Epa, esas manos tuyas quietas. Yo te estoy tocando. Tú sólo debes resistir. Hasta donde te sea humanamente posible.
No querrás que te ate, verdad?
En fin, confiando en tu consentida sumisión, libero tus ojos del yugo del panty. Para notar cómo tus párpados se estremecen al ser barridas las pestañas, las cejas y la finísima piel que cubre tus globos oculares. A una distancia infinitesimalmente corta, menos de un milímetro, puedes notar mi contacto. Toco sin tocarte. Acaricio sin rozar.
No te muerdas tanto los labios, que te los lastimarás. ¿Cómo besarlos luego?
Ya tu cara deja de interesarme. Voy a descubrir otros puntos, otros destinos.
El horizonte de tu cabello me llama a gritos.
Mientras divido la piel de tu nuca en meridianos poco equidistantes, me llevo una probada de tu cuello, tan níveo, tan limpio. Ocultando ríos furiosos de sangre cuyo latir percibe la punta de mi lengua.
No, no, no. Te había pedido que no me tocases. No deseo darle gusto a tus manos violentas y aferrantes. Vamos, quita tus manos de mi pierna y de mi antebrazo, y devuélvelas a tu regazo, tapado con una corta sábana de satín.
Tus temblores y jadeos me obligan a cambiar de lugar.
Una espalda naturalmente pulida, sin duras prominencias o huecos abruptos, me ofrece un caleidoscopio de posibilidades.
Una a una las pruebo.
Descubro que te atrae más mis cortas uñas rozando muy suavemente la curva de tu columna lumbar, justo antes que empieze tu violenta grupa, que el masajeo firme sobre los músculos que extienden tus brazos, mucho más arriba.
La razón es obvia. La finísima pelliza amplifica tu sensibilidad en esa parte. No resulta mucho el amasado y bruñido sobre los músculos y las raíces nerviosas. Te relaja y calma, y ésa no es mi intención. Abandono, pues, tal práctica.
Ahora, tendida en mi propio regazo, evitando y esquivando tus besos hambrientos, mido por sectores la excitabilidad de tu vientre.
¡Oh niña pícara! ¡Prefieres quemar etapas, agarrar mi mano al asalto y dirigirla a tu busto estremecido!
Es una pena no poder ver pasar a tus pezones del estado de tierna laxitud a puntiforme excitación. Ya ingurgitados de sangre y deseos, ellos apuntan a mi rostro, más exactamente, a mi boca, en busca del abrigo húmedo de mis labios y el culebreo morboso de mi lengua. Pero dejaré eso para el final.
Es un nuevo lienzo tu busto, ante las pinceladas sin sentido de mi parte. No te importa de todos modos lo que dibujo. Es lo que sientes lo que te arranca gemidos de la garganta.
Ya mi boca ocupada ahí, mis manos irán recorriendo el trayecto arterial haciendo que tu pulso aumente hasta quererse salir de la piel. Allá, por la femoral.
Un limbo emocionado, palpitante y muuuy ávido de mano de hombre.
Pero para tu dessesperación, sólo acaricio tus piernas, tus rodillas y pies. Palpando la dureza del tendón, la firmeza del músculo, la sedosidad de la piel. Lampiña o velluda, es maravilloso.
Hasta que te hartas de mi devaneo, mi ocio, mi maldad y te sublevas.
Lastima mi paladar tu lengua.
Duele mi piel cuando tus garras se me clavan. Creo que me haces sangrar.
Las marcas de tus dientes me durarán algunos días. ¿Cómo explicarlo al que me vea?
Tu feminidad, se harta de mi masculinidad.
La devora, una y otra vez.
La envuelve, la embardurna de tu savia, la violenta.
Y un rayo cae sobre ambos.
Vacía nuestras mentes.

Te arrancas la venda de los ojos.
Me das un beso ardiente seguido de una bofetada.
Te vistes a toda prisa y te vas.
Loca, nena, es que estás loca...