sábado, 30 de junio de 2007

Vacua vida

Dos horas y nadie interesante aparecía.
Dos horas, un tequila, un mojito y un par de puñados de maní tostado que debería quemar luego a punta de pilates. Igual, no iba a estropear su figura en tan poco tiempo.
No era que pasase desapercibida. Ese cabello rojo, azafranado, levemente ondulado, combinaba maravillosamente con la seda beige que la envolvía parcialmente. Cinco tipos ya la habían invitado a una copa, o más directamente, a irse a farrear en corto. Cinco negativas lubricadas con una sonrisa perlada.
De improviso, un joven blondo y de perfil aristocrático se sienta en el límite justo donde la intensidad de la voz cambiaba de sutil a escandaloso, por la música imperante.
La misma sonrisa perlada despega de la boca de ella y va a estamparse en el campo visual del muchacho. Aun con sus cuantas Coronas y 4 dedos de Jack Daniel`s importados encima, el muchacho sintió su macho interno estremecerse.
"Otro trofeo para presumir ante mis panas", piensa mientras devuelve la sonrisa y estrecha la distancia.
Había resultado tal como les gustaba. Que escuchen y escuchen. No les gustaba muy nerdy-like o blabber-mouth (aprendido hace cinco días al chatear con su primo que vivía en Boston).
Ella escuchaba fascinada la impecable niñez y juventud del muchacho. Hijo de un importante empresario, sus necesidades estaban en 0. Lo cual permitió exigir caprichos a montones. ¿El juguete caro de moda? Daddy lo compraba. ¿Problemas en las materias? Daddy arreglaba. ¿Tal o cual pelada no aflojaba? Daddy convencía o amenazaba.
Pinta, apellido, plata y un Ferrari descapotable lo habían hecho un heart-break kid imparable. Sabía que la estaba volviendo loca. Sabía que la tenía en sus manos para hacer lo que deseara. Y por el evidente sonrojo y la incontrolable sonrisa de ella, podía decir que este arroz ya estaba cocido.
De ella no le interesó saber nada. Daba igual, tres días máximo y se iba a aburrir de su luminoso rostro, de sus rizos azafranes y su cuerpo lascivo y sugerente. Un par de salidas al cine, a su lujoso penthouse para hacer las noches menos aburridas y au revoir. Así le funcionaban las cosas y así seguirían funcionando. Era todo un ganador.
Siguió, pues, comentándole de sus innumerables viajes acompañando a su familia, o pagados por Daddy, sobre todo a Miami para comprar ropas nuevas. Ni muerto compraría cosas de acá. Ahí tenía su Armani a medida para comprobarlo. Algo que un cholo no podría ni imaginar tener.
Oh, sí. Y ni qué decir de la exclusivísima universidad en la que era la tercera vez que repetía el cuarto semestre. 1600 dólares semestrales. Y si deseaban suspenderle la matrícula, no importaba. Daddy era amigo del rector.
Habían pasado unos 20 minutos desde que comenzó su monólogo. El que siempre usaba y que derretía a toda mujer que se le cruzase en los sitios jet set. Ella debía ya estar bien adobada, así que le propuso al oído dos o tres cositas. Ella aceptó encantada.
Ella fue la primera en pasar al hall del penthouse donde él vivía. Una mano sobre sus nalgas le habían dado el empujón inicial. Reía nerviosamente como niña aprendiendo a cantar. Los besos, las caricias y las palabras tiernas habían pasado de moda ages ago. Lo bueno era que ese vestido se podía quitar con rapidez. Y como los tragos habían hecho aflorar algo de su torpeza, no tenía ganas de desgarrar nada. Igual, si lo rompía, mañana podía comprarle algo nuevo para que no joda.
Nada de condones. Ella debería sentirse honrada que un miembro élite de la sociedad le ofreciera una noche de lujuria en tan excelsio entorno.
Imitando todas las poses de las porn-stars que había visto en su vida, sabía que le estaba dando la noche de su vida a la pelirroja. Cinco minutos desde que le sacó el vestido casi a las malas el joven descargaba simultáneamente la escencia de sus genes y un gemebundo alarido.
Ya, por fin dócil y manso, con la satisfacción de haber hecho lo que quería, dejó que ella montara encima suyo. Que haga lo que quiera. Agradecerle, acariciarlo más, masturbarse ella, daba lo mismo. El ya había acabado. Cerró los ojos mientras exhalaba la primera bocanada de humo del grueso habano liado a mano. 24 dólares la media docena.
Una fría y cosquilleante sensación circular tuvo bajo su mentón.
Medio segundo después, vio un espectacular despliegue de chispas multicolores y fuegos artificiales mientras aproximadamente 25 gramos de plomo trazaba a toda velocidad un túnel en su cabeza y creaba un volcán en erupción justo donde los parietales y el occipital formaban una lambda. El magma espeso y tibio, de sangre y tejido cerebral también hizo juego con las sábanas de satín rosa.

25 gramos de plomo aproximadamente.
En verdad, lo único sólido que había tenido en su cerebro en todos los años de su vida vacía y de oropel.
Ella se besó las yemas del índice y del dedo medio y con lo último de ternura simulada, los posó en los de él, ahora enfriándose.
Nadie la iba a recordar en ese edificio. Era un trofeo más, para presumir a sus amigos.
Dizque.
Dizque....