viernes, 20 de julio de 2007

ACQUAS





Era una de esas noches donde estaba, realmente, sin nada, nada que hacer.
Sin amigas disponibles para farrear, sin familiares para visitar, sin programas buenos en la tele, sin nada.
Ni siquiera algún hombre para salir.
Había llegado hace poco del trabajo. Como un resorte liberado de la tensión tremenda soportado por horas, sentía su cuerpo viscoso, gelatinoso, inerte.
Y un poco transpirado.
Su nariz le advirtió que tales olores debían ser borrados con premura. Una mujer no debía andar por ahí oliendo a estibador.
Fuera ropa.
Mejor así. Ese rígido y acartonado uniforme de oficina limitaba sus movimientos, los que alguna vez aprendió en las clases de gimnasia que tomaba en colegio. A ver... sí, aún podía elevar su pie hasta más arriba de su tórax sin mucho esfuerzo. Aún conservaba la forma. Buena cosa era que le haya perdido la verguenza a su propio cuerpo. Aprender a contemplarlo con la luz prendida y aprender a desearse ella misma. ¡Ella misma! ¡Una semi-auto-lesbi! La sola idea le sacó un par de carcajadas, mientras soltaba brassiere y tanga.
Ups... estaba más transpirada de lo que pensaba. Si la hubiera estado desvistiendo un hombre, de seguro estaría pasando la peor de las verguenzas.
Fuera tantas cavilaciones. Hora de la ducha.
Le había costado sus buenos sueldos el equipo de baño que había comprado. Salido de la mente de algún italiano experto en curvas y pulidos. Una superficie oblonga y larga, con piso rugoso para no resbalar, ducha, duchita flexible y un rostro de animal lobuno en el otro extremo, con la boca abierta para aullar un chorro grueso que llenaría el hueco posterior para cuando deseaba algo más de volumen en que esparcirse. Y el redondeado marco de cristales fascetados que convertía la llana luz de la lámpara en oscilantes arcoiris que resaltaban sobre las negras baldosas.
Le había costado. Pero valía la pena.
Una vuelta entera a la válvula y se apresta a rugir un grupo de hilos violentos líquidos que repicaron con fuerza en la piel aún fría de la chica. Ella suelta un sonido de sobresalto al sentir las primeras agujas gélidas y mueve su cuerpo con rapidez esperando el cambio de temperatura.
Éste llega antes de hacerse rogar.
El calor del agua forma una trenza con el suspiro de placer de ella. Queda un buen rato disfrutando de las cosquillas en su cuero cabelludo del spray furioso trazando líneas sobre sus largos cabellos. El jabón comienza a deshacerse formando un escudo efímero de espuma que va barriendo con todos los rastros polvosos, sudorosos y mugrosos que ella tuviera acumulados en su cuerpo. Y tan rápido como se instaló, desapareció desalojado por el líquido azulino en revolución.
...ahhhhh... esto era el cielo.
El cual se volvió más evidente y luminoso, cuando ella tomó la ducha flexible y dirigió una lluvia milimétrica y exacta sobre sectores escogidos de su humanidad.
Le encantaba la sensación de fuerza y suavidad sobre su seno pulido de esa fluidez cálida. Que hacía, a pesar de lo caliente del agua, fruncir su aréola rósea y despuntar discretamente el pezón. Empezó a imaginar esa suavidad líquida como si fuera una boca, una boca infinitamente delicada, cebándose golosamente sobre sus senos, tal vez no tan grandes como la tonta moda promedio estipulaba, pero tan lleno de sensibilidad y placer. Placer despertado por lo que sería en otro momento una ducha rutinaria.
Una mano hizo dueto con esa boca sin cuerpo, ayudando a succionar, lamer, besuquear los lugares en donde ella más se estremecía. Ni qué hablar que sus pezones estaban duros y tan sensibles que cada nueva lluvia provocaba nuevas humedades y aumentos de temperatura en otras zonas más secretas.
No supo cómo ni porqué, pero la ducha principal volvió a activarse. Esta vez, el agua salió inmediatamente caliente. Caliente en unos chorros, helada en otros, lo que la mantenía entre tensiones y relajamientos a intervalos. Pero ella no había tocado la llave. De la ducha brotaba un agua no solicitada, dotada de una vitalidad tremenda...
Sabía que debía asustarse, cortar con la ducha y salir a ver qué demonios pasaba, pero su cuerpo la mantenía atada por las sensaciones que provocaba el elemento vital en su cuerpo.
Ahora que la temperatura estaba totalmente unificada, ella dejó que su temor incipiente fuera sustituido por una intensa excitación, un sentimiento de flotar en un mar infinito, el cual estaba deseoso de ella.
Y de complacerla en sus deseos más profundos.
Notaba transida de ardor interno que no una, ni dos, sino diez manos acuáticas concentraban caricias, cubriendo de rocío y humedad cada centímetro de su piel. No deseaba ver nada. Sólo concentrarse en lo que su piel le transmitía con cada movimiento del agua rugiente y del vapor que hidrataba su nariz. Y del neutro y delicioso gusto cada vez que abría la boca y miles de gotas bailaban en su lengua y carrillos.
Cuatro manos corrían presurosas por entre su cuello y senos, formando una caricia continua e inacabable, unas áreas eran presionadas y otras lamidas y pulidas. Pero el gusto que sentía por todo eso palidecía comparado con el trato que su espalda y piernas trataban de resistir.
De su cabello brotaba una cascada que tomaba las mismas formas de las curvaturas de su espalda, enviando oleadas de tibieza que su cerebro interpretaba como éxtasis. Pero en vez de saltar sobre su grupa, evitando las colinas de sus nalgas prominentes, como normalmente debería pasar, este amante líquido provocaba que los ríos tibios se arremolinasen y cubriesen sus glúteos, mientras otro traviesa corriente fluía y contrafluía, ensañándose en recorrer la finísima piel de entre su trasero, y dándole, la muy traviesa, tremendos pulsos de electricidad al correr y erosionar sólo las moléculas más superficiales de sus labios, junto al normalmente suave y discreto botón de más arriba, el cual ahora de poder hablar, rugiría como bestia hambrienta.
Hambrienta de más agua.
Ella ya ni siquiera pensaba o analizaba. Todo su cerebro estaba invadido por las ondas líquidas de nirvana emitida por aquel fenómeno extraño e hirviente.
Y toda esa agua formó un pilar que envolvió como un domo a la chica, salvando la nariz, y sin dejar de estremecerla a base de turbulencias, remolinos y burbujeos, fue transportada hasta la parte honda de su ducha.
Fue ahí donde la pétrea cabeza de lobo exclamó un agudo aullido azul.
Ya no era, pues, particulares masas acuáticas las que la envolvían y llevaban a tremendos pulsos de placer, sino un solo ser, que combinaba tibieza y calor, fuerza y ternura, dureza y suavidad, que la amaba de una forma que ningún hombre habría podido siquiera soñar con realizar...
Ella notaba los turbulentos besos de su amante de agua, labios formes un momento, informes luego, y una lengua elástica que encontraba todos los lugares y las formas para enamorarla sólo con esa técnica. Y que ella al quererlos aferrar, simplemente huían por entre sus dedos. Y no sólo esa boca. Las otras decenas realizando los mismos enloquecedores movimientos en todo su cuerpo. Incluso sus dedos más pequeños eran chupados con fruición más o menos intensa, pero siempre deliciosa.
Entonces sintió que a su lugar más recóndito, a su vagina deseosa y famélica, se deslizaba algo como una palpitante serpiente, un falo transparente que tan cariñosamente separaba sus paredes mientras olas en vaivén peinaba su pubis y pulía su vulva; que otro tremendo orgasmo la acometió solamente en ser penetrada.
Ebria ya de este inusitado ente cristalino, se dejó llevar por los vaivenes de su acuático. Nunca había sentido tales sensaciones en su vida, ni cuando ella ya sabía de memoria qué puntos de ella tocar para un rápido ascenso al cielo. No. Esto era otra dimensión. Otra vida. Otro plano. Sólo sentía placer maximizado al infinito. Sólo olía el vapor en volutas en su nariz. Sólo oía el rugido, el salpicar, el chapoteo, el fluir. Sólo sentía el sabor neutro, fresco y tibio a la vez.
Ya había perdido la cuenta de cuántas veces su acuático la había llevado al orgasmo.
Pero el último, fruto del cúmulo de caricias, besos, roces, fluires, vaivenes, turbulencias, burbujeos, remolinos y corrientes, la hizo sublimarse. Su propio cuerpo se disolvió en un géiser hirviente que brotó furioso del plano real y fue a volar como vapor por las nubes y finalmente se precipitó como lluvia infinita....
Ella, sumergida por completo en su líquido amante, sintió un beso en toda la extensión de su piel. Un beso de despedida.
El agua recuperó sus leyes naturales y por su cuerpo laxo fuese escapando.
Ella, tumbada, jadeante, aún no podía creer lo que había ocurrido.
Tambaleante y aún anonadada, comprobó que las llaves estaban cerradas.
Salió de la ducha y la contempló largamente. Sabía que debía sentir miedo y horror por lo padecido, pero el trato recibido de su acuático impedía que tales sentimientos aflorasen.
....Lo iba a extrañar....
PD: Cuenta de agua del mes: 245,63 dólares.
....le había costado....