martes, 4 de septiembre de 2007

Restringido.



Química.
Inmediata tras la primera mirada.
Pobre intercambio de palabras, rico intercambio de deseos.
Ella veía un hombre de pocas represiones y tapujos. Ahito de ganas.
El estaba simplemente ahito de ganas.
Una sugerencia, una respuesta, una sonrisa.
Un trato.
El eco del chirriar de los neumáticos contra la calzada aún resonaba al hacer girar el pestillo de la puerta.
La cual apenas pudo cerrarse antes que él se lanzara con manos y labios hacia su presa.
Se estrelló contra el "Espera" de ella.
Quería hacerlo despacio. Disfrutar todas y cada una de las sensaciones. El sólo deseaba calmar su apetito feroz y aullante.
Ella se adelantó a posar un beso suave el sus labios rudos. Y se escapó ágilmente de los brazos y fauces que trataron de aferrarla.
Observó su rostro. Fruncido, jadeante, pletórico de impulso instintivo. Le pareció a la vez divertido y lindo.
Otra finta para escaparse se sus brazos y le propuso algo. Un jueguito, para entrar en calor. Bastante caliente estaba ya la cosa, respondió el varón. Pero si se negaba (logró pensar), podría irse todo al carajo. Y no tenía ganas de quedarse con las ganas, valga la redundancia.
Aceptó.
Su campo visual estaba obliterado totalmente, cubierto con una combinación de su panty y un cinto de algodón que formaba parte originalmente del vestido de noche de la dama.
Y ese tenue olor a intimidad mujeril con perfume exótico turbarían permanentemente la nariz, exagerando su ardor. Sin contar con el fuelleo de su pecho.
Porque cada extremidad estaba convenientemente atada para impedir el movimiento excesivo.
Ella, tarareando una canción se acercó.
Completamente desnuda.
Lástima que él no pudiera apreciar su belleza.
Bailaba a su alrededor sin dejar de tararear, acercándose y alejándose. La cabeza vendada se movía desesperada como un heliotropo en Fast Forward. Anhelando un acercamiento y un contacto.
Llegó.
Pero a cuentagotas.
Una minúscula porción de seno henchido rozó la mano del hombre, que aleteó furibunda buscando atrapar más que acariciar. Distraído en controlar su mano, no se dio cuenta que ahora el delicioso pecho bailaba pinchando su pezón en la comisura labial. Para cuando quiso darse un bocado, ya estaba lejos.
Ella veía su erección que parecía querer romper la escasa tela que lo cubría ahora. Como el magma de un volcan a punto de erupción. Era tan divertido...



Tan divertido, sujetar esa cabeza sudorosa y vendada, oír tan de cerca su jadeo ansioso, sus palabras implorantes, la saliva que pugnaba por salir de esa bestia semidomada.
Ahora sí le dio, más que un beso, una lucha entre dos lenguas ardorosas. Largo, húmedo y sus manos traviesas pellizcando las tetillas. ¿Verdad que duele si lo haces muy duro?
Volvió a apartarse velozmente. Súplicas de detener este "jueguito" llenaban el aire, junto al olor a sudor masculino, fruto de la tensión de estar arrodillado y con los brazos extendidos. Por suerte arrodillado sobre una almohada. Si no estaría gimiendo de dolor.
Pero la tortura no cedía.
Bofetadas iban y venían, provenientes de esos senos bamboleantes. La boca hambrienta no era suficientemente veloz para cazar esas esferas carnosas que golpeaban su rostro.
Unos dedos. Insinuándose por la costura del calzoncillo. Afloró una sonrisa enorme. Al fin iba a tener gusto.
Mas ella acariciaba a velocidad de burocracia. Sólo un meñique y un anular contorneaban ese pétreo apéndice. El placer era realmente escaso, comparado con el ardor que ya se había instalado en sus hombros y el hormigueo que recorrían sus rodillas.
Y sin avisar, una boca femenina hizo presa.
Tensó su columna y su nuca, saboreando el frenesí de esa súbita y bienvenida bendición.
Más, por favor. Más... no te detengas.. más....
.. ya venía... iba a explotar.. iba.. a ... iba a...
Parada imprevista. Y un estrechón de manos en el escroto que hizo el efecto de un balde de agua sobre una fogata.
Injusto, rastrero, maligno.
Abrió su boca para proferir una maldición.
Y fue callado con una masa tibia y húmeda.
Esa carne y piel hendida y ardorosa, formó una mordaza viva en las fauces masculinas.
¿Quieres liberarte? Haz méritos, susurró ella.
Una mezcla de lascivia suprema y deseo de liberación convirtió la lengua en una víbora convulsa, que se regaba una y otra vez con la miel que esa discreta herida segregaba.
Música. En solo de la voz cantarina de ella a compases de gemidos entrecortados que iban estrechando sus pausas.
Ritmo. La pelvis, bailando candenciosa sobre la lengua rugosa y hambrienta, alcanzando límites y nublando conciencias.
Y el coro final, la tensión máxima, el orgasmo pletórico y deseoso de infinidad.
Ahora era el turno de él.
Sí, le tocaba ya saciarse.
Cebarse por completo.
No podía esperar más.
Logró por fin liberarse de las ataduras. Sólo tenía dos engramas en su cerebro. MUJER. SEXO.
Desgarró la venda y sus ojos vieron la luz.
Y la ausencia de ella.
Se había ido.
Un trocito de papel, con la huella de sus labios pintados, con dos palabritas en cursiva.
...Fue divertido...