lunes, 3 de diciembre de 2007

Al cielo



Sin saber cómo, se vio suspendido por el aire.
Sintió un miedo helado, pero al mismo tiempo una inmensa fascinación. Al irse el miedo fundiendo por el calor de su curiosidad, empezó a ascender hasta casi tocar el techo. Como un niño aprendiendo a andar, subió, bajó, avanzó adelante y atrás y luego a los lados.
No tocó el suelo ni una vez.
Ya no había miedo, ni temor, ni ansiedad. Todo fue sustituido por una alegría salvaje y rugiente. Volaba. Estaba volando. ¡Podía volar!
Como todo aprendiz, los estrellones no faltaron. Pero fue mejorando, un poco más a cada momento. Cómo subir en vertical y luego bajar en picada. A bajar lentamente usando los brazos abiertos como alas de planeo. Y a apretarlos bien a su tronco para volverse una bala cada vez más rápida. A dar giros en el aire, dobles, triples, cuádruples saltos mortales que subían en número de giros hasta que el mareo lo permitise.
Los tirabuzones, a dar vueltas sobre su eje como un taladro, volverse un trépano volador de carne y hueso. El vuelo lateral, a cambiar de posición como un helicóptero. Cada nuevo arte dominado lo ponía en el clímax de felicidad.
Ahora sí, elevó su mirada a ese techo blanco que aquel día bendito impidió brillar el sol. Las fronteras estaban rotas. Los límites quebrados. ¡El mundo era suyo! ¡Arriba! Nada de limitarse al techo o el patio, ahora era el barrio entero que podía observar en todos los ángulos posibles, los patios de los vecinos, los techos, los objetos arrojados ahí y que por pereza no habían sido bajados, las antenas, todo. Estaba por encima de todos ahora. Un vecino fijó su horrorizada vista y el chico atinó a ofrecerle su mejor sonrisa. ¡Estaba tan feliz!


¡Vuela!
De un tirón ascendió por el aire como una saeta y se sumergió en las nubes. Aspiró la niebla fría, disfrutando de ese vapor helado hidratando sus pulmones. Al salir del banco de nubes, sólo vio azul.
El azul interminable, purísimo, celestial. Punteado por el brillo sublime del astro rey. No fue la luz deslumbrante, ni el viento veloz sobre su rostro. Las lágrimas que caían de sus ojos obedecían a su alma conmovida como nunca antes lo había estado. Tanta belleza junta, tanta inmensidad. Todo para él. Para el escogido que empezó a volar. Tenía ahora todo un nuevo mundo por explorar. La montaña que despuntaba en el horizonte, el mar que reflejaba la luz muy a lo lejos, las ciudades, los bosques, todo. TODO.
¡Un momento!
¿Por qué sólo él? ¿Por qué no todos? Si él pudo volar sin esfuerzo, habría algún método para que se lo transmitiese a otros. ¡Dios santo! La utopía final. Un mundo donde los vehículos pasarían a la historia, los coches, los carros, los aviones... todo obsoleto ya. Eso es. Debía transmitir su don a los que pudiera. ¡Lo haría ahora mismo!
Bajó de vuelta a su pueblo. Sería el héroe del lugar, sería el aclamado, el que enseñó a volar a las personas. Sería el mayor en la historia. Sería...
No oyó el estampido del rifle sino hasta dos segundos después que la bala destrozó su tórax.
En los ocho segundos y medio que duró su caída hasta estrellarse brutalmente contra un tractor y salpicar de sangre y pedazos de hueso la puerta del galpón; el chico sólo sintió estupefacción. ¿Quién? ¿Y por qué?



Y el vecino a cien metros más allá, bailando desaforado, aleluya, porque había vencido al demonio, a aquel que fue poseído por Satanás, aleluya, y se puso a volar. Porque los hombres no vuelan, aleluya. Por decreto del Señor, gloria a Dios. El divino castigo cayó sobre el demonio volador, sobre el blasfemo, sobre el sacrílego. Sobre el que quiso imitar a los ángeles divinos tras haber hecho pacto con el Diablo.
Aleluya.
Aleluya...