viernes, 9 de mayo de 2008

Poseído



- Tú eres mi pana. Tú sabes que te quiero.
- Lo mismo te digo mi hermano. Eres mi amigo, mi parcero.

Muchos sorbos de Grant`s. Algunos fundiendo el hielo. Otros mezclados con gin tonic de dudosa procedencia. Fue una gran tertulia. Cuatro horas hablando de gustos, disgustos, alegrías, dolores y mujeres. Mujeres sobre todo. Y lo que nos hicieron sufrir algunas veces.
Traté de hacer tan corta la despedida como pudiera. No me gustaba dejar a mi amigo con media botella de whisky para él solo, pero mis obligaciones dentro de 5 horas o menos me obligaban a abandonarlo dejando en el aire bohemio y cálido promesas de dos semanas a lo sumo.

A andar por la avenida. Mis pasos seguían una rítmica descoordinación por los muchos centilitros de alcohol galopando por mis arterias. Y que habían anegado los recovecos de mis neuronas abotargándolas, enlenteciéndolas, entorpeciéndolas. Tratando de fijar mis ojos hasta donde supondría habría un recorte de un dólar en la carrera de taxi hasta mi madriguera, vislumbro de refilón piel traslúcida color de luna llena. Delgada como la excusa de un pusilánime. Pero con vivaces ojos negros. Negrura absoluta y brillante. Que me caló en el vaho etílico como un bisturí en un trozo de carne.

Limosnera, seguro, pensé. Mis pasos continuaron su obstinación de errar la línea recta hasta que la vi de nuevo. Lo borracho evitó que me incordiara el hecho de haberla dejado dos cuadras atrás, quieta y silente sin dejar de clavar sus ojos en mí. Y ahí estaba de nuevo. No paraba de mirarme. Esta vez la miré atento. No leí deseos, ni anhelos, ni súplica ni tristeza. Sólo atención. Ese río oscuro me inundaba con mayor eficacia que el alcohol en mis venas. Apreté el paso para evitar esos taladros negros. Había avanzado unos metros cuando la aprensión me venció y miré hacia atrás. La calle y sus luminarias. La puta de la esquina estremecida de frío a costa de mostrar tetas y piernas a algún queso con suerte. La neblina que envolvía cada elemento y lo vestía de halos blanquecinos. Sólo eso.

Volteo a seguir mi camino y un rostro curtido y semisonriente me impide el paso. Para el trole, me pide una moneda (¿a esta hora?). Tengo lista la amable pero cortante respuesta cuando mi mano derecha atrapa una parte del rostro del pordiosero y mi pulgar se hunde en su cuenca orbitaria extrayendo el blando y acuoso globo que mis otros dedos exprimen su gelatinoso relleno. Mientras el hombre baila una rara danza tomando mi propia extremidad de soporte, que ahora trituraba los huesos de órbita y esfenoides, exprimiendo entre sus fragmentos suaves porciones de tejido cerebral, siento mi brazo dominado por algo helado. Como si un sistema de nuevos nervios injertados Dios sabe qué momento estuviera manejando a su propio arbitrio mi extremidad, y con fuerza cuadruplicada. El grotesco espectáculo termina de desvanecer mi alegrón borrachero y lo reemplaza con una violenta náusea. Esas heladas agujas parecen tener un origen. Sale de mis omóplatos. Giro mi cabeza lo más atrás posible para volver a ver esas negras pupilas y esa piel de luna llena. La mano de ella hundida justo en mi hombro, pulsando por ahí algo como brumas vivas, contagiantes.


…A...

Esa bizarra infección provocada por la niña pálida se ha extendido a mi boca, llevándola a proferir sólo una letra. Que es perfectamente interpretada por ella. Acerca sus labios a mi oído y susurra:

- Pregúntale a No Sé. Él tiene todas las respuestas, sólo que es difícil sacárselas.
- …li…

Por suerte mis piernas me obedecen y lanzo mi carrera por la avenida adornada con los chillidos de la puta testigo de mi trabajo con el mendigo. La piel de mis plantas de pie punzan al desprenderse por segmentos la epidermis y lacerar la dermis formando ampollas. Mierda. Yo tanto tiempo diciéndome que debía comprarme zapatos nuevos y ahí está. Cuando necesito, me dan la lata. En mi carrera cruzo ventanales y mi reflejo muestra esa niña flacucha montada a caballito en mi espalda, metiendo ya no su mano, sino su brazo entero por mi espalda intoxicándome más y más con esa bruma nefasta y negra.

- …cia…

Estando ya mi boca completamente dominada, las sílabas se entretejen y farfullan un nombre. Ella está complacida. Soy ya de ella. Mi carrera se enlentece y termina. Al frente de un trío de patanzuelos succionando una botella de quién sabe qué brebaje. Tengo la pinta precisa para que se sirvan de mis bienes como buffet en conferencia. Siento un triángulo de metal abrir mi piel cerca de mi hombro pero dolor no siento. Claro que el dueño del puñal siente muy bien cómo el tirón que manda mi humanidad luxa, desarticula y desprende el brazo de la axila. El surtidor carmesí ciega a los otros dos el tiempo necesario para que cada una de mis palmas percutan contra los huesos frontales provocando ondas de expansión que revientan los occipitales permitiendo la salida de los sesos convertidos en sopa.

- A…
- ..li…
- ..cia..

Mientras susurro, los botones de mi camisa empiezan a saltar por una masa que protruye de mi pecho. Una cabeza forrada de cabello largo y negro, y que va irguiéndose lentamente mostrando ese rostro pálido de luna y la negrura de sus ojos que me dice que no me soltará en mucho mucho tiempo.



- Te había esperado. Eres el que faltaba. Ahora, es momento de romper con el ciclo continuo que ha impedido siempre que mostremos todo nuestro potencial.

Pega sus labios contra los míos y un sabor artificial y metálico me llena la boca. Un pequeño trozo geométrico me baila por las encías y la escupo. Una pequeña tuerca. Empiezo a reír despojado de toda sanidad y cordura. Y entre carcajada y carcajada, sólo atino a repetir sin cesar el nombre de la niña pálida como la luna.