domingo, 2 de noviembre de 2008

¡¡Viejo Lucho!!



Bueno, ya he terminado lo que tenía que hacer contigo, bonita.
Manitos y piernas bien atados con cabuya y un trozo de cinta de embalar sobre tu boca. Sólo cubierta por tu camisola y tu calzonario rosado.
Mejor que estés agitada y sudorosa, es justo como deseo que te vea Viejo Lucho. Y ahí está. Llegando puntualito a su casa a medianoche, cuatro horas extra luego de salir de la gerencia de su empresa y dirigirse a frecuentar las niñas malas del 1-2-2 hasta que cierre. Y tras eso, sus sorbos de whisky en las rocas, hasta levantarse con magnaminidad, diciendo que le esperaba su "aceitunita" y no podía dejarla esperando. Aceitunita. Tal vez por esa piel que no necesitaba aderezos algunos. Apodo más gil.
Ya parqueó el carro y desde la ventana puedo ver lo vacilante de sus movimientos, cómo le tiembla la mano para atinar la llave en el ojo de la cerradura, las eses que dibuja con su caminar. Se volvió a exceder en sus copas. Viejo Lucho. Tan mudo que es.
Hora de mi entrada.

Me descuelgo del balcón que corona la bien amueblada sala y toco silencioso el piso alfombrado. Igual si no lo hubiera estado, no me habría escuchado Viejo Lucho. Esa costumbre de sacarse su aparatito para sordos apenas cruza el dintel de la puerta... Voy a cinco pasos atrás de él riéndome para mis adentros al verlo tropezar con la mesa, o cuando truena un soberano pedo que aromatiza toda la cocina. ¿Otra vez de buffet, Viejo Lucho? Es que no aprende.
Prende la luz y observa extrañado la mesa con dos botellas vacías y un pollo asado devorado casi en su totalidad. "Esta aceitunita, algún antojo nocturno debió tener... ¿pero casi todo el pollo? Jesús, como come esta chica" farfulla pastosamente. No seas cojudo, Lucho. Ella no podría avanzarse tanto. Eso sí, te gusta lo bueno. Ese pollo estaba de lujo. Y no es hasta cuando revisa las botellas cuando empieza a involucrarse realmente en mi acto. "¡Pero si esto es tinto gran reserva! Y ella no prueba alcohol ni rogando. Eso quiere decir, quiere decir... que aquí está..." Le interrumpo la frase apagando la luz de la cocina lo que lo hace volverse de un salto. Bueno, de lo que su corpulencia permite.
"¿¡Quién..!?"

Al momento de volverse, agarro sus anteojos culo de vaso y me poso al frente del tipo. Está tan cegato que a menos de un metro no me distingue un carajo. Y me empiezo a reír. "¡Tú! ¡Otra vez tú, maldito gandul, escoria, basura, bribón!"
Viejo Lucho tiene una cara digna de tomarle una foto. Las cejas arqueadas hasta la nariz, los acuosos ojos de chancho echando chispas de las iras, apretando las mandíbulas tan duro que hasta logro escuchar cómo se resquebraja una de sus dentaduras postizas. Un cague está. Ahora se me lanza encima para atraparme, pero aire es lo que atrapa, al hacerme a un lado y patearle la nalga al mismo tiempo, con lo cual pierde pie y se da de cabeza contra la refri. Un buen golpe fue, deduzco, al oír cómo se derraman y caen varios contenidos del papazo.
No más no te me desmayes, que recién estamos calentando, Viejo Lucho.
Así que acomedido, lo pongo en pie y le bato unas palmadas en la calva y los cachetes. Sale de su aturdimiento y ruge con unos gallitos incluidos que me hará pedazos con sus propias manos. Si me alcanzas, claro que sí. Salgo corriendo en dirección a la sala sin apurarme mucho. Quiero que Viejo Lucho vea mi difuminada silueta alejarse y que por lo menos vea qué dirección tomo. Ahora en la sala, veo al iracundo anciano armarse con un paraguas y arremeter en mi dirección. Sólo es de moverse un segundo antes y vuelve a estrellarse, esta vez contra su minicomponente de 1600 dólares encendiéndolo por el impacto. Suena la clásica cortavenas con tostito. Un gusto musical al huevo, Viejo Lucho. Mientras recarga su dosis de ataque, yo saco su cd, se lo parto en la calva para volverlo a sentar y meto unito que conseguí por allá en mi barrio del apóstol apocalíptico. Suena un rock del bueno.
Claro que el vetuco se lleva las manos a los oídos por el volumen al máximo de Simphony of Destruction de Megadeth y convoca a Dios Todopoderoso que baje a callar a el blasfemo y hereje de mí. Como si Diosito Sánchez no tuviera mejores cosas que hacer, Viejo Lucho.
Ahora sí, con la buena música ambientando la escena, permito que mi adversario intente barrer el suelo conmigo. El abuelo hace presa y mientras chilla insultos diversos descarga paraguazo tras paraguazo hasta destrozar éste. Doy un chiflido mientras pelo una banana. ¿Qué mal te hizo la pobre percha con tu abrigo? La letanía de maldiciones contra mí, mi familia y su propia ceguera casi acalla los acordes de Mustaine. Hay que continuar. Me adelanto al Viejo Lucho que seguía profiriendo sus insultos, y le sueno otro palmazo en la calva. Con la mano sobre ésta y rojo de las iras, el viejo sale a la carrera viéndome subir las escaleras. "¡No, pedazo de basura, eso sí no te lo permito, que te vengas a meter con mi Aceitunita!" va reclamando mientras sube trabajosamente las escaleras. Irrumpe en la habitación y ahoga un grito al ver a su "aceitunita" atada de pies y manos y semidesnuda. Salen algunos sonidos guturales de su garganta mientras rebusca en su closet y extrae una escopeta, de esas de cazar venados en la montaña.
Ups, se puso tenaz la cosa.
Viejo Lucho gira y gira furiosamente la cabeza en busca del desecrador de su casa y su hermosa mujercita, mientras rastrilla una y otra vez la escopeta. Así la va a dañar, este huevas. E insisto, tan huevas es que ni se le ocurre subir la cabeza y ubicarme parado sobre el dintel de la puerta. Así que mientras la "aceitunita" empuja unos "mmmff, mmmpppff" por la cinta de embalar, doy un gran salto, caigo frente a Viejo Lucho y en lo que dura la estupefacción de su sorpresa, le arrebato la escopeta y con la cacha le percuto los testículos. Claro que tomé la precaución de apagar la luz con mi pie antes de saltar. Para que no me vea la cara, tan cerca. Pero yo sí puedo ver el cambio radical de la expresión de su rostro a un rictus de dolor y soltando un SOL mayor en octava escala, que podría romper un cristal de lo agudo que lo chilló.

Doy un beso burlón sobre la calva de Viejo Lucho, le estampo dos palmazos más y salgo breve de esa casa en una exclusiva urbanización al norte. Ya saltado la tapia oigo los juramentos de Viejo Lucho que me matará y súbitamente algo me preocupa, como que me he olvidado de algo. ¿Qué fue lo que era...?
El largo alarido y una serie posterior de golpes y rebotes me lo recuerdan.
La cáscara del guineo sobre las escaleras.
Esperando sinceramente que Viejo Lucho no se haya roto el cuello en esa caída, tomo un taxi y me vuelvo. Misión cumplida.
......
Llego justo 2 minutos antes de las 7:30 a mi trabajo, y escucho un alboroto en las oficinas de mi jefe. Abro la puerta y saludo respetuosamente. Viejo Lucho, con un brazo en cabestrillo, la calva aún enrojecida y con otros cardenales en la cara está explicando a sus colegas y subordinados la forma brava y heroica en que repelió a un truhán que violentó su casa, maniató a su "aceitunita" y se intentó beber su mejor vino. ¡Pero no! Viejo Lucho luchó como un león, contra el inicuo ratero y malhechor, amén de sus cuatro cómplices que se unieron en cobarde y desigual batalla. Pero él con sus hercúleas manos y un paraguas logró ponerlos pies en polvorosa tras una ardua lucha.
Mientras las alabanzas y los cumplidos llovían sobre mi jefe, se percata de mi presencia.
- Muchacho, es lo que cualquier hombre que se dé a respetar haría. ¿No lo crees así?
- Completamente de acuerdo, ingeniero... - iba a decir algo más pero suena mi celular. Un mensaje escrito. Viejo Lucho me observa despectivo y me ordena apagar esa cosa escandalosa. Al alejarse voceando sobre la falta de virtudes de estas nuevas juventudes, abro el mensaje y leo:
"Lo de ayer estuvo fabuloso, mi amor. Espero que lo repitamos prontito, sólo que quiero que te asegures de no apretarme muy duro... me dejaste marcas. Te espero ansiosa, amorcito. TQM, tu Chiquis"
¿Lo ven? Ése sí es un apodo cariñoso para una mujer...