miércoles, 1 de abril de 2009

Lamento blanco, Risa negra (Parte 1)



La vio en toda su magnitud.
Esa mansión en la parte más alta del cerro que dominaba el pueblo donde había llegado unos días antes, y permaneció alojada en la única posada que había hasta que los de la mudanza hubieran colocado todas sus pertenencias dentro.
- Pues entonces, profesora, bienvenida a Reunión. Usted habitará la mansión de allá arriba. Le puedo asegurar que desde ahí la vista al bosque y su lago es espléndida - había dicho el representante del alcalde a María, mientras le daba el juego de llaves que constituían las aperturas de todas las puertas necesarias. María hizo un par de malabares con el llavero antes de guardarlo en su bolso.
- Gracias por recibirme, señor. No sé mucho de este lugar, pero le aseguro que no voy a decepcionar a nadie mientras trabaje aquí. Soy muy dedicada y me encanta la instrucción. - Respondió mientras estrechaba la mano de su interlocutor. Rato después, le entregó las llaves a un empleado de la mudanza para que procediera a realizar su trabajo.

Oteando al pasear por la ciudad, calculó que Reunión no sobrepasaría dos mil almas siendo optimista. Pero estaba completo de servicios, y su proveedor de internet le aseguró que la señal satelital llegaría sin dificultades hasta ese pueblo. Un alivio, dado que siempre podría conectarse a la red, algo ya casi para ella como respirar o comer. Sin ese requisito previo, jamás habría aceptado trabajar allí como profesora de inglés.
En los dos días que estuvo en la posada, inspeccionó la localización de la escuela donde trabajaría pronto. El inicio de clases era la siguiente semana, y no tenía ganas de perderse o tomar el camino más largo desde su casa a su trabajo. La escuela era un caserón reconstruido con piedras y adobe, y dividido con tabiques de yeso sus interiores para separar cada aula. Como iba a enseñar únicamente inglés, le habían adelantado que dispondría de un aula exclusiva y las horas de enseñanza serían dos por grado, alternando los días. Un amplio patio con implementos de parque, una pequeña cancha y un cuarto aparte, donde funcionaría la dirección y el salón de profesores, dedujo, daba a la escuela una cálida y rústica apariencia.

Cuando fue a ver la localización de su nueva casa, especuló una caminata de una media hora hasta llegar a la escuela. Nada mal, y encima haría ejercicio al subir la cuesta.
Así que estando ya de pie frente a la puerta, se sintió cosquilleada por la expectativa y la curiosidad.
- Es justo lo que deseaba. Un lugar apacible y acogedor, con un trabajo bien pagado. Veremos cuánto duro... - se dijo mientras giraba el pestillo de la puerta principal, luego de haber estado un buen rato adivinando cuál llave era la correcta. Se prometió pegarle un adhesivo a cada llave para recordar a qué puerta abría.
La puerta se abrió con un suave chirrido, y un suave vaho a guardado saludó la nariz de María. Avanzó unos pasos mientras veía sus cosas colocadas en la sala, y volteó a ver el rellano. Le invadió el recuerdo de su madre al despedirla desde su casa.
- Cúidate mucho hijita - le dijo estrechamente abrazada a ella; mientras rodaban algunas lágrimas en ambos rostros. Claro que lo haré, mamita, le respondió mientras se apresuraba a abordar el carro que la llevaría al terminal de buses. Y al alejarse, la escuchó hablar en voz baja, casi como para sí: Sé que hallarás lo que tanto has buscado.


Los focos no eran de mucho voltaje, cosa que la iluminación del lugar dejaba algo que desear. No había problema, compraría ahorradores de 100 wts y asunto arreglado. De todos modos, tampoco era que se sintiera molesta por tener algo de penumbra. Siempre, desde pequeña, había escogido la oscuridad. La poca luz. El negro abrigo que siempre estaba listo para cobijarla, cuando se sentía hastiada, molesta o simplemente triste. Le atraía sobre todo el firmamento al anochecer, esa lenta muerte que iba sufriendo el cielo hasta por fin quedar como un silente ser, tachonado de puntos brillantes y donde la mayor fuente de luz era ese pálido espejo plateado, cuya luz tenue y mortecina disfrutaba sobre todo en las noches de mayor redondez. Y ni qué hablar de las criaturas nocturnas. Las adoraba, a todas ellas; con especial predilección a los murciélagos, pequeños guerreros alados que noche a noche salían a buscar sustento. Mientras sus padres desfallecían al oír los rasquidos contra el techo al romper la noche, para María era como una obertura. Casi podía oír los agudos chillidos proferidos por ellos, y estaba segura que podía oír su nombre en esas altas notas.
Su primera rebelión de adolescente fue justo tras la decisión del padre de contratar un fumigador para deshacerse de esas pestes con alas, como les llamaba a veces. Un poco más y saltaba sobre el muchacho para evitar que subiera al techo a colocar las trampas venenosas, si no la hubiera retenido su madre. Una bofetada y algunas amenazas domaron las intenciones, pero el dolor no se lo quitó nadie. Pasó tres semanas encerrada en su habitación llorando apenas llegar del colegio.

Sonriendo con estos recuerdos, María siguió inspeccionando la casa. El diseño, bastante clásico y elegante, resaltando la madera y el mármol gris, inteligentemente combinados. De la sala amplia y con ventanales enormes que ofrecía una panorámica del pueblo más abajo, se desprendían dos alas, una para la cocina y otra para el baño de visitas. Del lado contrario al portal de la entrada, se abría paso un corredor que desembocaba en varias puertas, posiblemente habitaciones de huéspedes; y finalizaba en una elongación redonda que daba nacimiento a una escalera sólida de mármol cubierta con una espesa alfombra. Esta escalera llegaba al segundo piso, la cual era como de un tercio o menos de la extensión del piso inferior, siendo su forma como un domo oval precedido de una fuerte puerta de hierro, decorada con diversas imágenes y filigranas. Era obvio que estaba en la habitación del dueño de casa. Su habitación, de ahora en adelante. Buscó la llave correcta y abrió la puerta.

La habitación en penumbras se iluminó al encender la llave de luz.

En el lado más distante de la ovalada habitación María observó una cama de por lo menos dos plazas y media. Rematada en cuatro pilares y todo cubierto con finas cortinas traslúcidas. El grueso colchón ostentaba edredones satinados y enormes almohadas. Bien podrían dormir ahí cuatro personas. Y estaba para ella sola. Y de pronto, para cuando su novio la viniese a visitar... se mordió un poco el labio inferior pensando en las posibilidades.
Aunque lo que más resaltaba del cuarto era la cama, el resto también estaba ricamente amoblado. Dos escritorios de trabajo, cómodas y estantes como para albergar un almacén de ropa y la alfombra que suavizaba el piso. Eso amén de una chimenea y el baño personal. María casi no resistía las ganas de brincar del regocijo. Esta casa era casi un paraíso. La tentación que no pudo resistir fue la de apartar las cortinas y de un brinco lanzarse sobre la gigantesca cama. El colchón y los edredones se amoldaron a ella como un amante.

Fue cuando decidió hacer un par de actualizaciones en twitter. Esto lo tenían que saber los conocidos cibernautas sí o sí. Mientras se cargaba el sistema, María ansió ver el fondo de pantalla que le había pasado su novio, uno hecho completamente de pequeños quirópteros. Y además, quería cerciorarse que hubiera señal, tal como le había prometido...
- POR FIN HAS LLEGADO...
Ese susurro llegado de ninguna parte la sobresaltó. Miró a su alrededor más extrañada que asustada, pensando que de pronto había llegado alguien a casa. Dejó la laptop encendida mientras echaba un ojo a las escaleras y al corredor. Nadie. Preguntó quién andaba por ahí pero sólo le respondió el bosque.
Volvió a su habitación y abrió la laptop. Cuando se iluminó la pantalla, quedó aún más extrañada. En vez del fondo dado por su novio, tras los iconos del escritorio se apreciaba un enorme ojo ribeteado de negro. Que observaba silente y penetrante a María.