miércoles, 14 de octubre de 2009

El Piropo Eructado


Instalo la rutina. Una orden, arrimar la silla, calzar mi trasero en ella, verter líquido en un vaso opaco y rasmillado, y esperar a que aparezcas.

No me hace gracia la espera. Así que tomaré estos segundos, estos minutos largos como pedo de culebra y los tejeré; formaré una sábana de instantes que abrigarán nuestros cuerpos desnudos, enlenteciendo cada fricción, cada contacto, para volver lo inmediato e impetuoso, en parsimonioso y muy palpable.

Al fin apareciste. Ahí, sentada con ojos vacíos esperando al siguiente que te llene de algo físico, de que satisfaga tus elementales necesidades. Yo tomaré ese vacío de tus ojos, que hasta dentro de tu alma se adentra, lo sé bien, e iré vaciando por esa negrura un montón de palabras hermosas, cada una lanzando chispitas que irán rebotando por esas paredes roñosas y cubiertas de telarañas, para adornarlas igual que un arbolito navideño. Y cuando toda esa hondura sea llenada por esas chispitas, sé que de tus ojos saldrá un brillo tal que podrá opacar hasta las crudas rayas multicolores que cruzan este espacio sin cesar.

Esos rayos que bailan al son del motor incrustado en el techo. Mi mano pelada los atrapará y elaborará para ti artesanías nunca vistas, que ni el magnate ese, que sale por la tele y chilla por ser presidente, podrá comprar. Joyas dignas sólo de ser lucidas en tu piel blanquita, lechada para el piso, piel que por tanto rato he deseado tocar no sólo con mis dedos. Mis dedos que aferran este vaso sucio lleno a la mitad de refrescante amargo helado.

Pues yo cambiaré esta bebida con aspecto de meado y la convertiré en lo más fino que pueda salir de una licorería. Esas botellas pulidas y llenas de nombres tiro sabiñon, shanpan bru, yoni guolker, estoy tan seguro que esos sabores serán dignos de tu paladar. Para que nunca más tengas que aceptar sorbos de vasos babeados, que bebas por placer no por obligación del dueño del local; ni que tengas que aguantar esas manos sudadas en tu cintura, ese olor a chivo que se desprende de tantos de estos malparidos.

No señor, yo iré recogiendo estas pestilencias, las arrancaré de tu nariz dolida, y los volveré perfumes, sean de flores de jardín, de esos frascos y botes carísimos que traen de Europa, de la yoni, de tanto lugar lleno de plata, para que te sientas feliz, la reina que eres. Reina de mi vida y mis días. Mamita.

Haré un trono digno de ti, sacado de esta madera descascarada y florida de astillas que a veces se me clavan, sea en mis manos, sea en mi nalga, que igual ese dolorcito se pasa nomás con verte. Y no sólo un trono haré con todo este palo viejo, haré un castillo, un enorme palacio para que vivas feliz por siempre junto a este Rey que atenderá todos y cada uno de tus caprichos. El castillo lo tendrás limpito el día entero, no te preocupes por los sirvientes, de toda esta caterva de giles voy a hacer tu séquito de criados. Ni uno de ellos se atreverá a posar ni siquiera la mirada en ti, porque uno a uno les sacaré los ojos con mi llave maestra y mágica, la que ajustará todo lo que ande mal, todo desperfecto. Ellos, ciegos y felices de servirte, no dejarán una mota de polvo en todo el palacio.

No como este piso asqueroso, pegoteado de gargajazos, cenizas de tabacos, lodo de botas, biela derramada, que ese trapo puerco del cuidador no termina nunca de sacar. Toda esta mugre, todo este sucio, lo voy a destilar y de él sacaré pájaros cantores, mil y uno, para que te despierten a piares por la mañana, alegren tu almuerzo y te arrullen a la hora de dormir. Los pajaritos te llevarán en sus lomos, sé que no pesas mucho, junto a mí, y en esta alfombra aleteante, cruzaremos el cerro, nos iremos largo, largo, a buscar las ciudades más bonitas, y con las que más te gusten las aplanaré y haré un álbum para que tu gozo al ver el agitarse de sus ciudadanos, cada detalle al milímetro, todas sus luces y sus humos. Y todo esto será de ti. Escucharás el ritmo vivir de toda este montón de manes, muy por encima de ellos.
Yo ahora soy forzado a oir este estruendo de tambores, trompetas y voces cantando a las sábanas mojadas, al vencastígamecontudeseosmas, al pequeño motel donde no exista el reloj, a la gasolina que a no se qué hembra le gusta. Nada de esto es digno de ti, mi reina.

Voy a licuar y a amasar todos estos sonidos vulgares, incluyendo tanta patanada que ha de caer sobre tus orejitas preciosas, como toda tú, y la voy a convertir en poemas, ni ese pana de Neruda podrá sacar algo igual de conmovedor. De este caldo sucio haré que salgan chorros de palabras que se dedicarán sólo a alabar tu hermosura, a decirte cuánto te tengo en mi cabeza, lo señor que me sentiré si decides venirte conmigo. En ese momento seré el emperador sobre todos estos pela...

- Señor, ya lleva siete botellas. Va a pedir otra o quiere cancelar de una vez?

Puta madre, la plata salió justa. Esas moneditas que medio suenan en mi bolsillo las quiero convertir en miles, en millones, para comprar felicidad así sea de sobre, así sea falseta, aunque sea para poder adquirir unos minutos junto a tu lado, que siempre que vengo con lo justo para ti, se me va en este trago maldito. Y ahora te veo sonreír, levantarte y meterte nuevamente en tu cubículo con el rellenador de turno. Saldrás más vacía que antes, lo sé.

Te pido un poquito más de paciencia, mi reina. Sólo eso hasta que finalmente puedas darte cuenta que existo.

Mis pasos van equivocándose sobre la recta hacia mi casa, mis oídos sólo oyen mi canturrear desafinado y mi mirada se eleva y recorre la gigantesca panzota del pez que va lentamente nadando entre las nubes y echando sombra a mis ansias, desvaneciendo mi momentánea alegría.