miércoles, 4 de noviembre de 2009

A dos centímetros de mi epiglotis




Todo depende de estampar una firma, ignorar ruegos y recomendaciones, y empezar a andar. Ya me harté de tanta mierda. Sé lo que va a ocurrir, sé a dónde se dirige este camino y los miguelitos que me aguardan. Nada de eso importa, nada ya puede mortificarme. Sólo quiero llegar.
Por lo menos las gradas hasta la calle, y el anterior proceso de cubrir mis ridículas desnudeces con ropa de hombre, no me quitó gran parte de mis reservas de fuerza. Igual, no debía confiarme. Cualquier cosa puede pasar. Como ante mí van pasando toda esta diversidad de vehículos. Y un montón de buses pedorros, cagando niebla negra y pegajosa, que tantos citadinos no tienen otro remedio que absorber. Asqueroso. Cubro boca y nariz con mi pañuelo más por asco a esa suspensión de partículas combustionadas, que por otra cosa.

Así empiezo a andar, al ritmo más pausado posible. Tranquilo. Retén dentro de ti esa convulsión brutal que pugna por salir. Te va a robar el poco aire que logras chupar casi de la atmósfera y podrá hacerte colapsar. Y ese lujo no te lo puedes dar. No debes soltar. No debes soltar. Eso, un carraspeo único y el motivo puede ser escupido. Una masa pegajosa, verdeoscura y de sabor acre que elijo cuidadosamente el lugar a pegotearla. Mi respiración se normaliza un poco. Alzo la cabeza y veo un chifa. Pequeño, pintoresco, recatado. Casi con timidez muestra los caracteres garabateados al público para que sepan identificar, amén de un grabado en bambú de ocho personas, santas aparentemente. Como sea, me muero de hambre. No había comido nada desde la noche anterior, habiendo rechazado ese mismo caldo de mierda, esos gusanos en suspensión salobre que querían hacer pasar por sopa de pollo. Ni qué hablar de ese caucho frito, sin un mínimo de condimento, con esas larvas de mosca cocidas. Arroz con pescado? Mis guevas.

Estoy que me muero por saborear algo que me llene la lengua, el paladar, los carrillos. Vamos, que puede ser gato, puede ser rata, los desperdicios del restaurante elegante cercano o los restos que algún comensal dejó con anterioridad en su plato y este chino cochino en su wok negro va a fundir y saltear con un montón de especias y aceite hasta hacerlos irreconocible. Pero lo deseo, prefiero comer mierda con buen sabor, a comer mierda insípida. A ver chino, le digo susurrando al sonriente oriental que aguarda la orden. Esto, señalo un plato con varios saquitos de masa al vapor que según el menú están "relleno de chancho y vegetal", y esto, señalando la "jarra té chino". Es lo que puedo pagar, tras haber entregado casi toda mi plata a estos matasanos de blanco para que sólo me dijeran que era muy poco lo que se podía hacer.

Logro ahogar más tos entretanto llega mi té. Volteo la infusión verdosa en una minúscula tacita y sorbo. Ah, un alivio. La tibieza húmeda hidrata mi garganta, mi tráquea y con eso ablanda un poco todo el cochambre semiseco que vuelve a algo continuo y casi imperceptible en una labor espartana. Voy por la mitad cuando un nuevo carraspeo me deposita en mi boca un nuevo regalito viscoso. Por respeto al chino que me está cocinando expulso en una servilleta el gargajo y lo tiro por una ventana. Maldigan todo lo que quieran, marchantes. Acuérdense de la vagina de mi mamita, a ella ya no le hace falta. Debió hacerse polvo hace tiempo ya.
Por fin las masitas rellenas. Shaomai, creo que decía el menú. Relleno de chancho y vegetal, supuestamente. Por lo menos aún conservo algo de sensibilidad en mis papilas para poder disfrutar de estos paquetitos de sabor y textura. A una la ribeteo de negro salado y a otra de rojo cáustico. Nada de condimentos, peor picantes, me recitaba el doctor, de seguro empeorarán su condición. Vea doctor, vea nomás, me atiborro justo de lo que usted tanto me había prohibido y me encuentro como muchacho en su cumpleaños! ¡Como niño chiquito disfrutando de su leche con miel y avena, tan avena como las de mis pulmones!!

Llega la cuenta con mi último shaomai desapareciendo por mi garganta. Parece que quiere cerrar ya el chino, supongo mientras espero mi vuelto y mi caramelo obligatorio. Desciendo a la calle y una cuchillada me desgarra el vientre. Siento la frente perlada de frío mientras intento controlar las náuseas. Malditas arcadas, déjenme en paz, no me estén jodiendo, que es la primera vez que como algo tan rico en tanto...
Los cuatro dólares con sesenta centavos forman un charco de papilla al lado del poste que usé para reclinarme. Esa plata, esa comida y una buena parte de mis fuerzas. Como si se me saliera el alma. Puta madre.
No tengo más remedio que tomar transporte.

Clavado en mi asiento, veo que montones de cuerpos se aglomeran y aglutinan. No tengo fuerza suficiente para abrir una ventana. Toca aguantar entonces ese hedor bochornoso, aire saturado a grajo, pedo y aliento a cloaca. Y de pronto, filamentos blancos y bailarines se introducen por mi nariz. La memoria da una voltereta. Encendieron un tabaco. Algún idiota encendió un tabaco. Ese maldito, fragante, insano, delicioso, tóxico, adictivo, cancerígeno, sublime, tabaco. Ese perfume asesino, como mujer con la chuchita untada de cianuro, tentador y evocador, me llena la nariz, percute mis mucosas, rastrilla los reflejos de la epiglotis y no puedo ya evitarlo.

Disparo una ráfaga de toses. A donde caiga, a quien le pegue. Toso, toso, toso. Una, dos, tres, cuatro, cinco, pauso y trato de inhalar. Y vuelvo a toser; me agarro el pecho del dolor que me provoca. No las veo pero las siento, miradas llenas de asco, horrorizadas, la compresión de los cuerpos alejándose de mí. Tosa contra su codo, carajo, hay gente decente aquí hijueputa, será la porcina, jesús maría ya nos contagiamos. Magnífico, piensen eso mientras me desgañito a toses, hijos de puta, piensen que entre hoy mismo y mañana pasarán por el mismo tormento que el mío, que les faltará el aire, que pasarán escupiendo pulmones a pedacitos mezclado con verdes espesos, ¡piensen eso, hijos de puta, mientras el bus se detiene en la última estación, ya a sólo unas cuadras de mi casa!

El viento helado se lleva los últimos insultos que recibo mientras voy arrastrando los pies, un paso luego del otro, mientras me aproximo a mi morada. Tengo que llegar. Tengo que llegar. Pero el camino se me alarga, se me estira, y cada quince pasos debo reclinarme para encontrar reservas de energía que aún puedan nutrir mis lánguidas extremidades. Y cada pesquisa es cada vez más infructuosa. Por fin. El portón de mi edificio. Vamos, pendejo, es sangre o tripa. Pon ese pie en el escalón. Usa los brazos, carajo, sube tu fofo cuerpo y termina de colocar el otro pie. Listo. Ya tienes un escalón. De los treinta hasta llegar al siguiente piso. Y mi departamento en el quinto piso. Ciento cincuenta procesos iguales. Ya hiciste uno. Te quedan ciento cuarenta y nueve. Ponle huevos, inútil. Te esperan allá arriba.

Veinte. Es como escalar un árbol.
Treinta y cinco. Es como escalar el palo encebado.
Sesenta. El taita Chimborazo. Al trote.
Ciento veinticinco. Estoy en el Aconcagua, en el K2, en el Everest. Sin oxígeno. Oxígeno. ¡¡Oxígeno, no tos violenta, maldita sea!! Sólo cinco escalones más, cuatro más, tos, tos, tos, tos, tos, tres más y es algo que se rompe dentro de mi pecho, lo noto clarito, y mi última gran inspiración se corta de golpe por una andanada líquida, por una marea espesa y muy salada, que empieza a correr en hilillos por mi boca, que mancha de rojo mi camiseta y borbotea hasta gotear el blanco mármol de la escalera. Sin duda algo erosionado no pudo más y reventó. Dos... uno... mi puerta... no, no te nubles, no te pongas borrosa, no te alejes tanto, alarido agudo y mi nombres varias veces repetido, ya apenas siento mi cabeza rebotando contra las duelas y las manos de alguien que yo solía amar sacudiendo mis hombros sin resultado.

Seis meses de vida a partir de mi diagnóstico. Odio que el matasanos fuera tan condenadamente exacto.

Have you ever been hurt?
Have you ever been abandoned?
Have you ever been truly scared?
Have you ever felt you don't belong here?
Have you ever felt like you don't have a home?
Have you ever felt you don't have a chance?
From the moment of birth, we are already dying
Death is the only true salvation
Through death, man is reborn
Like a butterfly is born out of a caterpillar
And after that, man is finally... free
-Back to madness - Stratovarius