viernes, 22 de enero de 2010

Los cuatro microcuentos.

NOTA DE ACTUALIZACION: Estos cuentos eran para concursar para el concurso de microcuentos de la Ecovía, pero olvidé dejarlo a tiempo.
Menores a cien palabras, y que describan la realidad de Quito, eh? Muy bien, aquí les va:

1. Michelena:
Sobre la empinada calle, sonreía. Los mercaderes errantes habían recogido sus pertenencias hacía rato ya. Aún serpenteaban por el tenue aire los perfumes a quimbolito, a colada morada, a emborrajados, a tripa mishqui. A trompicones casuales fue cantando desafinados acordes hasta que decidió detenerse bajo la brillantez de uno de los faroles. Su cuerpo resbaló plácidamente por el poste, y entró en un cálido sueño arropado por las puntas, convirtiéndose en uno más de los muchos ebrios que dormitaban en la calle.

2. Toro:
Bajo un sol abrasador doña Josefina del la Santísima Trinidad vitoreaba al español en lentejuelas el momento en que su recto florete atravesaba a través de la paletilla el corazón, la aorta y la tráquea de un aguerrido toro de lidia, la mejor selección de la hacienda Santa Elena para el deleite de la distinguida audiencia de la Feria Jesús del Gran Poder. Los últimos resuellos del toro fueron sustituidos por un chorro de sangre que lo fue matando lentamente por asfixia hasta que, estremecido en su agonía, dobló sus patas y cayó pesadamente de costado. ¡Pues qué faena, hombre! La multitud aclamó al gallardo torero y una lluvia de rosas bajó hacia el matador. Este hizo una ceremoniosa genuflexión. Mientras el toro aún lanzaba débiles movimientos, desenfundó su daga, cercenó las dos orejas y el rabo y los mostró victorioso ante los aplausos de todos.
(El cuento original está en el post de abajo)

3. Lo gratuito:
Luisa resoplaba y gemía, resoplaba y gemía. A cinco metros de ella, una vieja obstetriz recriminaba con seca voz, "pues se aguanta ahora, carishina. Bien que gozó con entregar fundillo, pes". Catorce años y primer embarazo. Concebido en noche de borrachera, en noche de farra, noche de liberación. El trago soberano y bendito que adoba y hace aflojar. La madre chillando, como tantas otras púberes, abiertas de piernas, como reses en camal. Los padres, jugando indor, ajenos al sufrimiento que han provocado.

4. Diga que sí:
La mano pequeña y mugrienta, el rostro cruzado de tristezas y penurias, el cuerpecito envuelto en manchados harapos, sujetando a un gimoteante lactante y con los ojos repletos de desdicha. Las monedas caían, unas más, unas menos, de turistas gringos, de piadosas damas cristianas, de gente que deba más por deseo de alejar mendicidad y sueltos perdidos. Terminó la jornada, y fue a dejar la mayor parte de la limosna a la agazapada mujer que observaba a él y a otros quince muchachitos que cumpliera bien su trabajo. Abofeteó a más de uno por no cumplir la cuota diaria y los amenazó con tirarlos directo al Machángara.