martes, 31 de agosto de 2010

El reto de Rachel

Luego de una larga tarde de lluvia, que mantuvo dentro de casa a los hermanitos Nico y Nica, los negros y húmedos nubarrones fueron diluyéndose en el cielo ambarino hasta que se instaló la profunda negrura sólo iluminada con titilantes estrellas.
Los pequeños habían pasado una semana entera revisando cada hueco y rincón de la cisterna para encontrar por dónde estaba la dichosa puerta al mundo fantasioso y lleno de aventuras hasta que Mamá los llamaba a comer o les reñía por estar jugando cerca de un lugar peligroso, sobre todo cuando intentaban abrir la losa de cemento; labor imposible dado lo pesado de la tapa.

- Cheño Puño no vene… - se lamentaba Nica, recordando la promesa del insolito personaje en forma de mano cerrada que fue tanto guía como mentor.
- Y el dijo que nos iba a hacer volver adentro de la cisterna… pero no aparece. Yo no sé donde estará. – Alternaba Nico, tan decepcionado como su hermana.
- ¡Cheño Puño e ochocho! – concluyó la niña molesta por la indolencia del extraño pero amable y solicito amigo.

Unos toques a la puerta apartaron a los niños de la ventana y de sus cavilaciones, y acompañaron a Mamá a preguntar quién era. La puerta se abrió y apareció la Tía, que había viajado de la otra ciudad, la que estaba cerca de la playa, y no venía sola. Volteando un poco hacia atrás hizo una petición a una figurita que estaba detrás de ella:
- A ver Rachel, di buenas noches.
- Buenas noches…

El tímido saludo fue dicho por la prima Rachel. Prima paterna de Nico y Nica, vivía con sus papás en la ciudad cercana a la playa, pero solía visitar cada una o dos semanas a los abuelos y de paso, a los primos. Cuando todos estaban reunidos, la algarabía que se alzaba era ingobernable. Rachel era una niña de cuatro años, de cabello largo y negro, al igual que sus ojos. Generalmente mostraba una expresión seria y tranquila, aunque su carácter era alegre y amable. Proporcionalmente hablando, era la más alta de los tres, y con la mayor fuerza física, aunque no tan ágil como Nico o Nica. A sus cuatro años parecía una niña de siete. De todos modos su característica más sobresaliente era su gran inteligencia, pues ya sabía leer y dibujar muy correctamente. Era hija única y no tenía hermanos, aunque deseaba mucho tenerlos.

Tan pronto las Mamás se fueron a conversar, los niños aprovecharon para escabullirse al patio y le contaron a Rachel la aventura que habían tenido dentro de la cisterna. La niña al principio, se resistía a creerles.
- Yo no creo que hay un bosque dentro de la cisterna. Ustedes están diciendo mentiras.
- E cherto. Allá ta Cheño Puño – insistía Nica.
- Y el nos dijo que iba a volver en cualquier momento, así que estamos esperando eso. – Refutaba Nico. Pero su prima seguía sin dejarse convencer.
- A los niños que dicen mentiras viene el cuco y les pinta la boca de negro. Ustedes terminarán con la boca negra. Mejor voy con mi mami a decirle que ustedes sólo están
- POR FIN… - Se dejó escuchar una voz muy familiar. Rachel se quedó sin habla, pues era una voz como si sonara sobre sus cabezas, pero al mismo tiempo, sin tener un origen claro. Movió la cabeza de un lado a otro buscando una explicación y quedó extrañada al ver los rostros iluminados de sus primos.
- ¡Ya volvió! ¡Regresó el Señor Puño! – Exclamó alegremente Nico.
- ¡Quí tá Cheño Puño! – Repitió Nica, igual de feliz.
Los dos niños salieron corriendo del patio hacia donde estaba la cisterna. Ven Rachel, ven,fue lo único que logró decirle Nico a su primita antes de encarrerarse hacia donde había sido el principio de sus aventuras. Cuando llegaron, vieron que la tapa de la cisterna nuevamente había sido corrida. Sabiendo ya lo que les aguardaba, treparon por ella y estando a punto de asomarse al hueco, invitaron a su prima a hacer lo mismo. Esta se negó rotunda.

- No quiero. Ahí hay mucha agua y me voy a mojar la ropa. Y mi mami me va a retar.
- No Rachel, ahora no hay agua, lo que hay es una resbaladera que nos va a llevar a ese bosque donde está esperando Sr. Puño – explicó Nico.
- Eso es mentira. Ustedes quieren que yo me moje para que mi mami me rete…- dijo molesta la niña.
- Ven Raquel, e bonito. – Le pidió la pequeña. Pero la prima seguía negando con la cabeza. – Te peto mi bebé – dijo señalando a su muñeca. Pero nada.

Los niños estaban decididos, ante la continua negativa de su prima, meterse solos al mundo fantástico que visitaron hace una semana. Pero cuando se asomaron al agujero, sólo vieron agua. Un solo cuerpo oscuro de agua, que despedía brillos ante la luna pálida que había asomado su rostro entre las montañas. ¡Qué raro! Cuando fue destapada por primera vez, mostraba un enorme tobogán multicolor, que se perdía en las profundidades y que fue su vehículo para transportarse a donde moraba su amigo y donde estaba muchas otras aventuras esperando. ¿Entonces en verdad todo fue una mentira? ¿Todo fue acaso un sueño sin sentido? Con un amargo sabor de tristeza, los hermanos bajaron lentamente de la cisterna al suelo a reunirse con su prima, y pensando en entrar a casa. Qué triste que todo haya sido…

- ¿Os preocupáis por mojaros la ropa, mi preciosa Rachel? Si os asusta estar entre agua, puedo arreglar la situación. – Susurró nuevamente la voz familiar. La sonrisa se restauró en las caritas de Nico y Nica, mientras que nuevamente su prima quedaba estupefacta. Y este sentimiento se contagió a los tres, cuando vieron que la luna incrementaba su brillo y de súbito lanzó un rayo plateado que fue a dar directo al hueco de la cisterna. El rayo brilló por unos momentos y luego se extinguió. Cuando los niños quisieron acercarse a ver qué efecto había provocado el rayo de luna en el agua, surgió de un remolino de agua una góndola plateada, del cual se desprendió una escalerita. La escalera refulgía, como si invitase a los niños a subir. A Rachel se le había escapado un chillido, por lo cual oyó desde dentro de la casa:
- Raquel, no grites por gusto…

Los hermanos, ya acostumbrados a los inusuales hechos, empezaron a subir la escalera, llevando de la mano a Raquel, quien temblaba de miedo y curiosidad. Era algo nunca visto por ella, peor observar ese barco en forma de cisne coronado con una tiara llena de gemas, cuyas alas y cola formaban el cuerpo del barco y que en la espalda estaba un espacio redondeado forrado por varios cojines de diversos colores. Nica dejó puesto a su bebé en el aféizar de la ventana para que el perro no lo lastime luego. Se despidió de su juguete con un beso en la cabeza.
- Pótate ben.

Así, los tres niños, los hermanos y la prima, abordaron la góndola plateada, quien izó la escalera, abrió las alas y las fue batiendo lenta y rítmicamente. Con cada aleteo, ascendía más y más al cielo, hasta que llegó a una nube. Los pequeños veían su casa alejarse hasta que sólo se vio un punto luminoso en medio de tantas otras casas en la ciudad. Advirtieron que se metían a una nube particularmente grande y su campo de visión se redujo por el vapor frío. Paulatinamente, mucho más arriba, veían un brillo tembleque, ondeando sin parar, como si estuvieran viendo la superficie del agua, pero por debajo. El reflejo se fue agrandando hasta que llegaron a tocarlo, y con un último aleteo, surgieron en medio de un gran lago de forma triangular, rodeado por los mismos árboles de hojas globosas que ya habían visto con anterioridad. Habían vuelto.

- ¿Dónde estamos? – Preguntó muy intrigada Rachel, para quien sus ojos eran completamente novatos ante este mundo ajeno a su realidad.
- Aquí es donde vive Sr. Puño. Pronto lo encontraremos y nos seguirá guiando para pelear con El Crecido. – respondió Nico, recordando las palabras dichas por su amigo. La barca se dirigía hasta una isla situada en el centro mismo del lago donde ya podían vislumbrar la estatua de la mano apuntando al cielo. Desembarcaron y el cisne extendió sus alas y se fue. Llevando a su prima casi a empujones, pues aún seguía impactada por todo lo vivido, los hermanos se dirigieron a tocar la piedra, e invocar a su amigo. Pero al tocarla no pasó nada. Extrañados los hermanos volvieron a intentarlo, pero no aparecía el punto brillante en descenso que del cual saltaría el Sr. Puño. Se volvieron preocupados hacia Rachel.
- Ya debía venir… pero no aparece. Tal vez está enfermo. – Pensó Nico en voz alta.
- Tá con guipe. – Sugirió Nica.

Entonces la propia Rachel decidió tocar la roca. Tal cual había pasado con anterioridad, la halló cálida y disipadora de dudas. Y en ella se reveló el motivo de la demora del anfitrión.
- Es que tenemos que hacerlo los tres juntos. – Y así Nico, Nica y Rachel posaron sus manitas en la roca. Y se dio el efecto deseado. El globo de luz que bajó del cielo explotó dando cabida a la llegada del Sr. Puño.
- ¡Oh, los días de alegría han vuelto! Os doy la bienvenida de vuelta, mis pequeños. Y veo – dijo, dirigiéndose a Rachel – que no vinisteis solos. Y bien está, pues ante vosotros yace vuestra nueva compañera que os acompañará en la lucha sin cuartel contra el malvado Crecido. ¿Cuál es vuestra merced, si me permitís saberlo?
- Yo me llamo Rachel. Y tú eres Sr. Puño? – adivinó la pequeña. El aludido dio dos vueltas sobre sí antes de responder.
- En lo correcto estáis, mi pequeña princesa. De hinojos se encuentra Sr. Puño para serviros y guiaros en una futura lucha contra alguien que ha ocupado esta tierra con miedo y llanto. El Crecido.
- ¿Y quién es el Crecido? – quiso saber Rachel. Sr. Puño quedó dubitativo un momento antes de responder.
- Eso, pequeña mía, ni yo puedo contestarlo verazmente. Sólo sabemos que un día invadió esta alegre tierra proclamándose señor de todo, usando sus poderes para poner niños a su favor, habiéndolos previamente arrebatado de sus familias. Y así continuó sin que nadie pudiera hacer nada por detenerlo. Todos le tememos, sobre todo al mencionar su verdadero nombre.
- ¿Y cómo se llama el Crecido? – dijo curiosa la niña.
- Aún no puedo revelaros tal secreto, puesto que decirlo causará la inmediata invocación de este malvado. Y vosotros, aunque tenéis gran potencial, no estáis aún a la altura de veros las caras. Es por eso que tenéis que fortaleceros en vuestras técnicas.
- ¡Oye Sr. Puño! ¿Por qué aún no me devuelves a Batespada? – Cortó Nico ya molesto con tanta charla. Nica asimismo extendió las manos esperando a su Trivarita. Sr. Puño exhaló un suspiro.

- En verdad deseaba, mis pequeños, armaros al mismo tiempo a los tres. Pero como veréis, una de vosotros aún carece de armamento digno. – Puso forma de mano apuntadora y señaló a la recién llegada. – Aunque dada vuestra impaciencia, aquí os daré vuestro equipo. – Chasqueó los dedos y de la palma abierta saltaron dos cintas luminosas que envolvieron una a cada niño. Nico recuperó sus protectores y coraza que obtuvo tras la lucha con el Dragón Panza arriba. Nica por su parte, volvió a vestir la capa gruesa con el sombrero cónico. Finalmente, ambas cintas se condensaron en las manos, volviéndose en Batespada para Nico y Trivarita para Nica. Ya con los niños pertrechados, Sr. Puño le habló a Rachel. – Pequeña princesa, para poderos ofrecer un arma y ropaje dignos de vos, habréis de demostrarme que sois la indicada para tales dones. Claro está, sois del mismo linaje, y por tanto tenéis potencial. Pero sin embargo, quiero estar seguro que podré confiar plenamente en vuestras habilidades. Pequeños, seguidme al bosque. Ahí os guiaré hasta donde aguarda la prueba para Rachel. – Terminando de hablar, Sr. Puño flotó raudo por sobre el agua, hasta alcanzar la orilla del lago. Los niños intentaron seguirlo, pero se dieron cuenta que no podrían nadar y lo peor, el cisne había volado ya.

- ¿Y ahora qué hacemos? – Rezongó Nico. Aunque más ágil y fuerte por volver a poseer a Batespada, se dio cuenta que ni con su mejor salto podría alcanzar la orilla del lago. Y tampoco sabía nadar bien, ni qué decir de los otros. Entonces vio a su hermana agachada en el borde de la isla, sujetando a Trivarita. Nica tenía una idea y tenía que saber si daría resultado.
- ¡DIME! – Invocó con fuerza trazando un pentagrama en el aire. Del pentagrama en forma de portal, emergió el espíritu del agua y del hielo, Undyne. Ante un gesto de la niña, el espíritu obedeció. Fue saltando en la superficie del agua hacia la orilla, congelando lo que tocaba y creando un hielo tan duro, que terminó formando un suelo que podía soportar el peso de los niños. Entonces, tomados todos de la mano, cruzaron el lago sin problemas. Sr. Puño los recibió con alegría.

- Felicidades, pequeña Nica, por resolver exitosamente la pequeña prueba que os dejé. Me demostráis que vuestro potencial sigue siendo enorme. Ahora pequeños, acompañadme hasta la Loma Opípara, que es donde Raquel tendrá su prueba.
Así fueron los tres niños acompañando al Sr. Puño. Ocasionalmente se topaban con una que otra tropa del Crecido, pero no eran rivales para los hermanos. Además, trataban siempre de proteger a su prima, quien permanecía agachada para que no la lastimen. Así fueron escalando un cerro, en cuya cima había una gran mesa de piedra con muchas piedras redondas a su alrededor, a modo de sillas. Sr. Puño se ubicó en el centro y anunció:

- Preciosa Rachel, este es el lugar de vuestro reto. Debo advertiros, mis pequeños, que si osáis ayudar a vuestra prima, ella perderá y tendrá que ser devuelta a vuestro mundo real. Así que evitadle tal disgusto, os lo ruego. En primer lugar, voy a armaros con el ítem indicado para vos. Observad! – Sr. Puño dio dos vueltas sobre sí antes de chasquear sus dedos. Surgió una bola luminosa que fue a parar delante de la niña, y cuando ella la aferró, se mostró un animal de peluche. Este animal era un poco extraño, pues tenía la forma de cómo un gato rechoncho y blanco, de ojos cerrados y una gran nariz roja. De su cabeza salía un pompón escarlata y un par de alas pequeñas y negras adornaban su espalda. – Rachel, he aquí que os presento al que será vuestra arma para luchar contra el Crecido. ¡El peluche mutador, MOOGLE! Ahora, para demostrar que sois la elegida para ser su dueña, habréis de pasar esta prueba. Decidme, mi preciosa, ¿qué platillo es de vuestra predilección?
- A mí me gusta el pescado apanado… - Sonrió Rachel, pues no había merendado en casa y en su barriguita ya se escuchaban quejidos de hambre.
- ¡Ea pues! Pescado apanado será lo que se os servirá. – Sr. Puño pasó la mano extendida sobre la gran mesa de piedra tres veces, y tras una explosión de humo, la superficie estaba a reventar de deditos crujientes de pescado apanado. – Tal es vuestra prueba, mi princesa. No debe quedar la más pequeña brizna de alimento en esta mesa, para considerar vuestra prueba superada. ¡Comenzad ahora!

De esta manera, la niña se sentó en una de las sillas, puso a su nuevo peluche al lado y se dispuso a comer. Era un muy rico pescado, de carne blanca brillante y muy jugosa, cubierto por una crujiente masa frita de pan rallado y huevo. Rachel anduvo comiendo con buen apetito, pero pronto se dio cuenta que su apetito estaba a punto de terminarse y no había terminado ni con un cuarto de todas las piezas de pescado. ¡Ni siquiera había logrado despejar de comida el borde de la mesa! A pesar de lo sabroso de la comida, la niña empezó a asustarse. Ya estaba llena y aún veía montañas enteras de pescado apanado por comer. Pensó en pedir ayuda a sus primos pero Sr. Puño había hablado muy claro. Si les pedía ayuda, perdería la prueba. Sr. Puño flotaba a su alrededor, como ejerciendo presión. ¿Qué haría? ¿Qué haría?

Entonces miró a su peluche. Recordaba que en su casa, siempre que hacía comiditas de mentiras, iba y servía un gran plato y les daba de comer a todos sus peluches, sean grandes o chicos, un bocado en sus bocas. Y así de esta manera nadie se quedaba con hambre. Pero esto era comida real, que la estaba ya empachando. La desesperación de verse sin opciones la hizo colocar a Moogle sobre sus rodillas, tomar un dedito de pescado y colocarlo en la boca del peluche.
- Toma Moogle, comete el rico pescado.

Y para sorpresa de Rachel, Moogle efectivamente abrió la boca y engulló la comida. En ese momento el peluche empezó a transformarse y crecer hasta volverse un enorme tigre blanco. El animal saltó sobre la mesa y empezó a zampar glotonamente todo el pescado, hasta terminar lamiendo la mesa para chupar hasta la última gotita de aceite. Recuperó su forma y fue a posarse en el regazo de la niña. Sr. Puño lanzó una sonora carcajada.
- ¡Enhorabuena, mi querida Rachel! ¡Lo habéis conseguido! Despertasteis el poder especial de Moogle, el cual es alimentarlo con cualquier cosa del ambiente, con lo cual cambiará su forma para tomar una apariencia acorde al entorno y facilitaros la lucha. ¡En verdad sois digna de portar tan preciada arma!
- ¡Bravo Rachel, bravo! – Gritaba jubiloso Nico.
- ¡Mala! No dejate pecado! – Le recriminó Nica, pues ella también tenía hambre y quería aunque sea un poquito de tan rica comida.
De súbito, del centro de la mesa salió un cofre café que Sr. Puño se apresuró en abrir.
- Rachel, este cofre contiene vuestros ropajes. Ahora mismo os vestiré, pues habréis de protegeros ante los eventuales peligros. – Dicho y hecho, la niña ahora portaba un conjunto de blusa y pantalón blanco contorneados de negro y con vuelos en las mangas y las pantorrillas. Botitas albas complementaban el atuendo.
- Finalmente, mis pequeños. Finalmente. Los tres elegidos se han reunido para librar la batalla contra el malvado Crecido. Será una batalla larga y ardua, por lo cual tendréis que incrementar mucho vuestro poder. Así que , acompañadme, mis niños. Yo os iré guiando en esta mágica tierra e iremos descubriendo de qué sois capaces de hacer…