miércoles, 19 de enero de 2011

LA BEMBA CAÍDA

Mi persona postrada en este lecho de yerba y lodo tibio, deseando no recibir este placer violento. Mi mirada desvariada, contornea una nalga tuca, una piel negrísima y una sonrisa blanca como nube que a paso chueco se me acerca más y más. Un sabor a encocao de minchilla sigue haciendo presencia en mi boca, en donde fue embutido con poca resistencia de mi parte la presa tan rica y repugnante al tiempo.

Maldigo silencioso una y otra vez, entre tanto escucho la voz rasposa de esta diabla, tan suculenta tu presa, mi negro, no la voy a dejar ir para ná… Maldigo el momento que se me ocurrió soltar esa frase de borracho, solo para quedar como arrecho con los yuntas en plena traguiza de fin de semana. Y vuelvo a maldecir el que ella moleste mi guevo con mano rasposa logrando que se ponga duro otra vez y proceda a tragárselo con esa boca chorreante que tiene en medio de las piernas…

Me llamo Pumper, hijo de Janner Corozo Medina, propietario de cuatro lanchas que alquila diario para llevar la gente río arriba abajo, aparte de las jabas de cerveza, racimo de verde, tanque gas, y lo que la gente necesita para el diario. Con eso se sacaba para darnos vida decente a la familia. Yo mismo conduzco una de las lanchas cosa que me da la oportunidad para buscar hembra rica y calentarle la oreja, es que aparte de ser bueno para la lancha, era mejor para sacarle la piedra a la mujer.

Es que nací bendecido según me cuenta mi papá, que mi santa madre tuvo que echar un pujo para botarme a mí, y otro pujo para terminar de botar a mi amigo, tremenda pieza me había tocao por gracia de Dios. Cosa que uno va brotando barba y ya le había hecho marchar a un par de primas que habían venido a visitar de allá arriba donde el río se hace estero y namás alcanza el canalete. Ay-ay-ay-ay Pumper tremendo toro has salío me decían entre gozando y sufriendo por el bejuco que les abría los fondos.

Cadenas de humo azul me tienen atado sin poderme mover ni pa cagar; esta maldita sólo me cocina, me da de comer y luego de eso me goza a su antojo. De cuando en cuando la oigo cantar mientras revuelve su caldero allá al fondo. Ahora va diciendo en canto “maní sancochao en raspadura pa`l caballero flojo, maní sancochao en raspadura pa que los ánimos vuelvan… maní sancochao en raspadura pa ese señor mal llevao, que mis cariños no quiere aceptar…”. Ese aroma justo va llenando la covacha y ya tengo un plato que me quema el pecho. Sale una cuchara grande, me la sopla hasta entibiarla y la mete de una en mi boca. Trato de escupir pero me aprieta la boca con la cuchara mientras me susurra “Toito se me come Pumper, que lo quiero bien durito pa más luego me jingue como se debe”. No puedo si siquiera meterle su recogida a esta mala señora, que solo me tiene para que le haga de marido postizo. No se como ni porque pero el dulce me tiene nuevamente parao cosa que apenas lo nota se vuelve a sentarme encima.

Y fue justo después de celebrar las fiestas del lugar, cuando les fui dando su tiriza a la mujer de un hacendado manaba viejo de más abajo, que según me contó, la había dentrado en su casa para que le cocinara el tapao de tatabra que sus mozos le iban a cazar cada semana. Porque lo que era labor de hombre, ni hablar, casi ochenta tenía el viejo, y solo era boca las hazañas y las mujeres que nos vacilaba cuando iba a comprarnos el chocolate maduro para irlo a vender a la ciudad. Pilo de niñas el viejo había hecho su mujer, contaba, para luego irlas a devolver con un par de gallinas o un chancho en pie donde los padres, para que no se de la discusión. Entre risa y biela la ñora me había dicho que en verdad una sola mujer aparte de ella había tenido el hablador, y que diez años antes de morirse ella de aburrimiento y necesidad al parecer, al don le había dejado de funcionar el amigo. Habia probao toda medicina y hechizo habido y por haber sin resultado, y era por eso, que esperaba que el servidor le viniera a poner al día. No se diga más.

Ya la doña de regreso con don saco de cachos, me había bebido mi dos buenas fronteras, asi que me envalentone y empece a alardear de mi insuperable hombría, que a ninguna hembra la dejaría mal sacada, y asi se me presente la misma Tunda, a ella misma la haría temblar.

Luego que se levanta y se va a dormir un rato la diabla, pido desesperado a todos los santos y los patrones que vengan en mi rescate. Cununo, toca fuerte y avisa a mis amigos que sigo cautivo; marimba de caña y guayacán, lanza tu canto al viento y diles a todos que Pumper está prisionero de esta insaciable. Ayyyy merecumbé, une al cununo, la marimba y la maraca, y llamen a mi diosito lindo y que con su mano santa me arranque de este infierno con olor a chiguile y a minchilla, la misma minchilla que tanta veces se ha metido por abajo aun moviéndose y la ha sacado cocinada, rosadita para parar en mi boca hambrienta a la fuerza.

No pasaron ni tres días cuando fui a revisar un potrero por la noche, cuando de entre la maleza voy oyendo una voz suavita suavita Pumper, vente mi Pumper; cometo el error de responderle, vente pues mujer que aquí tengo de sobra, y sale una hembra guapa completa, pero cuando le veo las piernas la una la tenía linda y gorda, pero la otra era como el palo del molinillo para sacar el jugo del chocolate. Es que alzo la cabeza y se me va encima de mí y despierto en esta cueva, oyendo a la Tunda cocinar. Ahí yo viringo, esperando simplemente que esta maldecida me use para sacarse la piedra, una y otra y otra vez.

Entonces se me levanta de encima, me baja las cejas y me dice en reclamo “ya estás afeado, negro, te me vas de aquí”; siento que vuelo un poco y estoy en el camino de regreso a mi pueblo. Viringo y todo salgo corriendo como loco hasta llegar a mi casa, meterme al baño y lavarme lo que más pude el olor de esta diabla.

Pero me dejó de yapa una maldición, señores.

Ahora el amigo, fiel y hacendoso lo que era antes, ahora peor que estorbo está. Ni para dar tolete sirve. Como bejuco fresco. Lo comprobé cuando llegó nuevamente la ñora del manaba y por más que me sobó me bailó y me lengueteo, nada de ná. Y así quedé pal resto de mi vida. Y todo el pueblo ahora me llaman con el nombre odioso que la ñora terminó gritándome tras salir frustrada.

- Ah, Bemba caída! Ah, Bemba caída!