viernes, 4 de enero de 2013

Cuna de Tinieblas.

ATENCION:
Esta es la continuación del cuento que vengo haciendo con mis sobrinos de protagonistas, pero con un importante salto en la trama desde el último capítulo "En busca de un nuevo trono". Toda discontinuidad en la trama será resuelta cuando escriba y publique tres o cuatro capítulos más. Pero por lo menos pude sacar ya una conclusión. Así que espero la disfruten.


Los tres niños fueron tragados por la esencia sombría de Pavlova, Éclair y Windbeutel, los Malcriados derrotados. Tres esferas negras como la noche, donde serían atormentados una y otra vez por sus miedos, por sus pesares y sus tristezas.
El peor de los castigos creado por Uñac-Huilli, el Crecido. La cuna de tinieblas.
Nico abrió los ojos terminando de blandir a Ultibat, cuando había visto esa enorme manta negra irse sobre él. Dio un traspié por el golpe tan fuerte que no alcanzó ningún blanco. Se encontraba solo, en un salón gigantesco de forma circular y en cuyos extremos estaban nueve portones equidistantes. Todo era de un deprimente color gris. Piso, paredes, incluso las puertas de madera, pintada del mismo color. Monocromía en todo. El niño miró de un lado a otro, sin hallar más que gris en cualquier dirección.

- ¡Nicaaaa! ¡Racheeeel! – gritó con toda la fuerza que pudo. No hubo respuesta. Se aproximó corriendo a la puerta que tenía más cerca. Se abrió con un rechinido y mostró una escalera con una luz más arriba. Nico la subió y fue a dar en un salón con exactamente la misma configuración. Todo gris. Todo monócromo. Y ni rastro de su hermana o de su prima. – Tienen que estar en algún lado. ¡Voy a encontrarlas!
Así que esta vez el pequeño fue abriendo uno por uno los portones y descubriendo que las escaleras subían o bajaban, pero siempre mostrando la luz al final. La preocupación empezó a carcomer su espíritu, mientras aleatoriamente escogía una escalera. Pero el resultado siempre era el mismo. El gran salón circular, las nueve puertas, unas con escaleras que subían, otras que bajaban. Nico apretó los dientes y siguió avanzando en busca de las niñas.


Rachel se encontraba en una planicie vasta, formada por grandes baldosas rojas y rectangulares que se extendían hasta casi donde llegaba su mirada, pero más allá no se vislumbraba mayor cosa. Miró hacia arriba y un cielo negro, brumoso y perturbador llenó sus ojos. Estaba muy cercana a un pilar rectangular y del mismo color de las baldosas. Al tocarlo lo notó gélido y hasta repulsivo.
- ¿Dónde estarán Nico y Nica? – se preguntó aferrando con fuerza a su peluche. La soledad la molestaba y se sentía cansada luego de la batalla con el Malcriado que fue su adversario, Windbeutel.

Emprendió una búsqueda de sus primos por esa planicie roja, pero por más que forzaba la vista no distinguió a nadie. Así que se aproximó hasta el borde por si acaso hubiera un camino aún sin notar y que lo llevara con los otros niños. Tras caminar un rató llegó al borde. Lo que vio la hizo palidecer del terror.

Terminando la última baldosa no había más que aire. Una caída inconmensurable. La altura a la que estuvo en la prueba en Parque Berrinche parecía un saltito desde la cama, comparado con esto. Muy abajo, había un mar oscuro y brumoso, pero que serpenteaban relámpagos que ocasionalmente ascendían como manos engarfiadas queriendo aferrar algo. A los oídos de la niña llegaron silbidos y aullidos como si ese océano estuviera vivo. Con las rodillas temblando como gelatina Rachel retrocedió unos pasos cuando un súbito temblor la hizo perder pie. Cayó sentada sobre la penúltima fila de baldosas, y súbitamente la última se iluminó, se desprendió y cayó al mar silbante. La aterrorizada niña no esperó a ver que las baldosas llegasen al final. Chillando de miedo, se precipitó al helado pilar, mientras se producía otra caída de los pedazos de suelo hacia el abismo.


Nica volteaba su cabecita confundida, sin saber por cuál callejón tomar. Estaba en el centro justo de una encrucijada de cinco túneles metálicos, que la continuidad cada tres metros se interrumpía con una cinta luminosa que proveía luz al túnel. Todos los callejones eran tan largos que era imposible ver un final, encima que parecían torcerse y curvarse a lo lejos. Buscó de un lado a otro a su hermano y a su prima, pero sólo vio luz artificial y brillos metálicos en cada túnel.
- ¡NICOOOO, RACHEEEEL!! ¿¡DONE ETÁAAANN!!? – llamó lo más alto que pudo. Ecos decrecientes fueron las únicas respuestas. – Voy a tené que bucalos, poque no quero etar solita. – Tomó a Trivarita en sus manos y escogió un túnel al azar.

Nica caminaba sin llegar al final de su túnel, cuando unas risas huecas la paralizaron. Muchos metros más adelante, las luces se empezaron a apagar, y desde la oscuridad no sólo surgieron esas risas cavernosas sino una miríada de pupilas rojizas y brillantes. Pero era esa espesa y horrible oscuridad la que inspiró más miedo en la pequeña. Para defenderse invocó al lobo negro Tritoch, el cual se colocó frente a la niña para protegerla. El lobo soltó un gruñido de advertencia mientras las brumas avanzaban más y más conforme cada luz se iba apagando. Nica no lo pensó dos veces y ordenó atacar a Tritoch con fuego. El animal soltó un chorro abrasador que impactó sobre la masa negra y la hizo arder. Pero la sonrisa de victoria se congeló en el rostro de la niña cuando las llamas fueron tragadas por las brumas. Otra luz se fue apagando con lo que la oscuridad avanzó un poco más. Retrocedió corriendo unos pasos y probó otro ataque. Un montón de carámbanos fueron a dar contra la masa, que se congeló y quedó quieta. Sin embargo, ni tiempo le dio a Nica de suspirar de alivio cuando lo congelado se fragmentó y fue tragado por la niebla llena de pupilas rojas. Con un nuevo retroceso, Nica intentó su último ataque: el rayo. Del hocico abierto del lobo salieron varios relámpagos que asimismo, luego de un rato de estar paralizado por la electricidad, poca mella hizo en la masa, que inclusive empezó a avanzar más y más deprisa. Con el corazón en la boca, Nica regresó a Tritoch mientras volvía al punto de partida. Era posible que algún otro túnel le permitiera encontrar a su hermano y su prima. Y sobre todo, evitar esa espantosa oscuridad llena de ojos rojizos y de risas huecas que aún resonaba en su cabeza.


El agotamiento y la desesperación hicieron presa en Nico. Había perdido la noción del tiempo y del espacio entre subir, bajar, correr, bajar, bajar, subir, subir, subir, bajar… para encontrar siempre la misma escena. Ese salón gris que se tragaba todo sonido. Un silencio tan absoluto que podría volver loco a cualquiera. Hambre. Cansancio. Frío. Sed. El cuerpo del niño fue aguijoneado repetidas veces por esas necesidades, pero lo que pesaba más, lo que lo frenaba a seguir buscando y lo hundía en la desesperanza era la soledad.

Nadie quien lo ayude.
Nadie quien lo oiga.
Nadie quien lo socorra.
Nadie quien lo cobije.

Con un alarido de rabia, el niño sujetó a Ultibat y surgió su ataque más poderoso: Kaiserpuño. Se lanzó a la pared más cercana y con todas sus fuerzas estrelló un puñetazo para desintegrar la pared. Para su sorpresa, la pared sólo se estiró un poco y rechazando el golpe, volvió a su forma original luego de ondear un rato. Así que Nico volvió a redoblar sus batazos, a ciegas, sin importar dónde cayeran los nudillos. Lo único que quería era que esa maldita pared se rompiera y pudiera finalmente escapar. Ya no pensaba en su hermana, ni en su prima, menos en Sr. Puño. A pesar de los tremores, las ondas cortantes y el mismo poderoso impacto de Kaiserpuño, ninguna pared ni siquiera se agrietaba. Sólo se estiraba, regresaba y ondeaba un rato. Llegó el momento en que las fuerzas se agotaron por completo y sólo pudo lanzar el bat a la pared. Al caer al piso, Kaiserpuño se volatilizó. Nico se aproximó lentamente a la pared y empezó a golpearla. Ni sacudirla pudo. Se recostó agotado contra la pared y se sentó lentamente. Por sus mejillas empezaron a caer lágrimas a montones. Lo que Éclair no había conseguido, esta prisión infinita lo logró a la perfección. Nunca antes el pequeño se había sentido tan desvalido, tan inútil, tan abandonado.

- ¡¡DÉJENME SALIR DE AQUÍIIII!! ¡¡NO QUIERO ESTAR SOLOOOOO!!
Ni un eco para contestarle.

Ya nada le importaba. Golpeó repetidas veces el piso mientras sollozos salían de su pecho apresuradamente. El dolor de sus manitos le decía que todo esto era real, no era ninguna pesadilla. Solo. Completamente solo…


Nica había corrido la misma suerte en cuatro de los callejones. Tras recorrerlo por largo rato, siempre surgía esa horrible niebla oscura, a la par que las cintas luminosas una a una se iban apagando. Esa masa negra, repleta de ojos rojizos y de risas graves y huecas. Todo ataque, sea de Tritoch, o de los otros espíritus elementales que se le ocurrió invocar, era completamente tragado y absorbido. Cuando ya sólo quedaba un último túnel, se dio cuenta que ese espanto amorfo había llegado a las entradas de los otros y empezaba a llenar el pabellón central. Ya con los otros lugares obliterados, del centro de esa niebla emergió un ojo mucho más grande y de vista tan penetrante que la niña sintió helarse la sangre en sus venas.

- ¡IIIIIHHHHH!!! ¡¡LÁGATE, VETE AQUÍ!! – chilló histérica la chiquita. Lo que más la aterrorizaba era la oscuridad. A veces, en su casa, su hermano la molestaba apagándole la luz del cuarto haciéndola llorar. Y también recordaba cuando recibió alguna amenaza cuando se portaba mal. Que si venía el señor feo, si venía el cuco o el fantasma debajo de la cama… Pues ahora todo eso estaba materializado. E iba tras ella. Invencible, imparable. Ni siquiera el poderoso Tritoch era capaz de detener a la oscuridad.
Sólo tenía una dirección para escapar. En el último túnel.

En su loca y precipitada carrera, ni cuenta se dio Nica que Trivarita cayó de su mano. Cada vez que veía atrás el ojote seguía avanzando y avanzando, lento pero implacable. Hasta su sombrero puntudo se desprendió mientras corría, pero nada de eso le interesaba a la pequeña. Sólo quería escapar, huir y no ver más esa cosa negra con un ojo rojo y grandote, que disminuía su distancia entre ambos conforme se iban apagando las luces del túnel. Un golpe violento en su frente la detuvo. Ya con lágrimas en sus ojos vio que el camino estaba cerrado. Una pared de metal. Y las risas, las oía acercarse más y más, mientras a lo lejos, las luces se iban apagando una a una.

Nica no pudo más. El dolor del golpe, el miedo que sentía y la desesperación la hicieron caer en un agudo llanto. Golpeaba febrilmente la pared buscando una apertura o algo por donde pudiera colarse y escapar. No quería estar en lo oscuro. No quería que las luces se apagaran. Y la oscuridad del gran ojo finalmente estuvo frente a frente. La niñita soltó un grito de horror sin cesar de llorar, acurrucándose en el piso, mientras las últimas luces se empezaron a atenuar…


Rachel temblaba, no sólo por el intenso viento y la gelidez del pilar en donde se apoyaba, que si bien parecía sólido y estable no tenía un solo lugar del cual asirse o trepar. Su principal razón de temblar era ese abismo que crecía por momentos, sin darle un lugar a refugio, donde regularmente una columna de baldosas granate iban cayendo a ese mar embravecido, tormentoso y que silbaba como un monstruo gigantesco. Ya su mirada podía ver claramente el vacío que lentamente avanzaba hacia ella. Ni Byakko, ni Ursus, ni Sleipnir, y ni siquiera Princesa Aegis podían hacer algo para ayudar. Había probado con Aigis disparar flechas albas una y otra vez hacia el mar pero éstas simplemente se hundían en el agua. Un leve destello se lograba ver como último resquicio de las saetas disparadas, pero nada más. El viento no se apaciguaba, ni los pedazos de piso dejaban de caer. Por último y ya presa de la desesperación, apuntó todos los ataques posibles al gran pilar para ver si así lograba dominar las caídas o procurarse un sitio para refugiarse. Zarpazos, alaridos, coces y torbellinos, y las saetas luminosas. Ningún ataque logró siquiera mellar la superficie del pilar. Habiendo utilizado toda su fuerza y voluntad en Moggle, su forma más fuerte, Princesa Aegis, se iluminó y encogió hasta quedar como el exánime peluche original. Al caer otra fila de baldosas, y estar a algunos metros de la inexorable caída, Rachel entró en histeria. Agarró su peluche y lo golpeó enloquecidamente contra el pilar. Y ante ese último fracaso lanzó el juguete y lo pateó. Moggle rodó un trecho y una ráfaga de viento más fuerte que las anteriores lo hizo volar hasta el borde del abismo.

- ¡NO MOGGLE! ¡NO TE CAIGAS, POR FAVOR, PERDÓNAME POR PATEARTE!
Hizo la niña su mejor esfuerzo por acercarse a recuperar su arma y ya estaba casi por agarrarlo, avanzando pasito a pasito, cuando la fila donde estaba apoyado se iluminó y cayó al vacío.

Sin arma, sin sus primos, sin sr. Puño. Sólo el viento que la helaba, ese piso que colapsaba a cada rato y ese pilar frío que parecía burlarse de ella. Y ese mar silbante que buscaba tragársela, y que posiblemente terminaría realizándolo. Rachel fue retrocediendo lentamente hasta el pilar y empezó a llorar de frío, miedo y desesperación. No podía ni quería pensar en una solución.
- ¡¡AUXILIOOOOOO!! ¡¡SÁLVENMEEEEEE!!!
Sus sollozos se hicieron más violentos al ver que sólo tres filas de baldosas la separaban de una caída hacia ese mar agitado. Caería al fondo, se ahogaría de seguro…



Nico había vuelto a andar sin rumbo fijo. Hasta que cayó agotado al suelo, llorando amargamente. Ultibat yacía en algún lado, en alguna sala cuyo camino de regreso ya fue olvidado. La idea de darse finalmente por vencido le andaba a cada rato. Quería dormir, para luego despertarse en su camita, comer un rico desayuno y que este infierno fuera sólo un mal sueño.

- Estoy solo… no tengo a nadie que me ayude…
- ¿Por qué dices eso, pequeño Nico? ¿En verdad crees que estás solo?
La suave y cálida voz contestó esa última interrogante. Nico se puso en pie de un salto, olvidando su cansancio.
- ¿Quién eres? ¿Dónde estás?
- No estás solo, pequeño. Nunca lo has estado. A veces es fácil pensar que uno está abandonado pero siempre se tiene a alguien…
Una chispa salió de uno de los bolsillos del pantalón de Nico y empezó a brillar con más y más fuerza. Surgió entonces la figura de Pureza, la Virtud del Niño que tenía custodio. La luz cálida cubrió por completo al niño mientras disipaba todos sus malestares. Luego se dirigió a la mano de Nico, mientras las palabras resonaban directo en su mente.

- Recuerda a esas personas que siempre han estado contigo. Desde el momento que naciste. Todos los que te han apoyado, querido y protegido. ¿Cómo puedes decir que estás solo?
Entonces Nico comenzó a visualizar a las personas que más quería. Todos, comenzando desde su revoltosa e inquieta hermanita, todos fueron pasando como imágenes y haciendo que una sonrisa más y más ancha se dibuje en el rostro del niño.

- Es verdad…¡no estoy solo! ¡Siempre estará alguien cerca de mí!
- Ahora que lo sabes, sal de esta prisión. Tú puedes.
- ¡Eso ya lo intenté y no se puede! Las paredes hacen rebotar todos mis golpes! Además… perdí a Ultibat…
- Si ves que a golpes no puedes hacerlo, entonces, ¿cómo crees que puedas conseguirlo?
Un diminuto recuerdo en la mente del niño cobró fuerza. Recordaba a su papá que cuando no lograba meter un clavo en la pared porque era demasiado dura… usaba… usaba… Los ojos del niño refulgieron a la vez que un tintineo sonó a su lado. Maravillado, se dio cuenta que era Ultibat!

- Ha llegado el momento que recibas mi poder, pequeño Nico. Combíname con tu espada y observa el verdadero ímpetu de tu Kaiserpuño.
Así el niño tomó el bat y con la otra mano juntó la brillante gema en la cúspide de su arma. Todo Ultibat refulgió llenando de luz la sombría sala. Aun con sus guantes de Genji, notaba un brío nunca visto antes en su arma. Se colocó sus visores y exhibió a Kaiserpuño. Este lucía más grande y si el anterior parecía de piedra, el nuevo era de cristal refulgente. Y eso no era todo.
- ¡Prepárate para perforar esta sala gris de una vez por todas, mi niño! ¡VUELA Y LIBÉRATE!!
El puño de cristal empezó a girar más y más fuerte, hasta que se formó un torbellino alrededor del niño. Este dio un salto y voló por los aires como un cohete. Fue hasta la elevada cúspide de la sala, girando en el último instante y quedado por unos instantes acuclillado cabeza abajo en el techo. Vio el amplio piso, las puertas y toda la monocromía gris. Pero esta vez decidido a sólo una cosa. Destruirlo por completo. Y no podía pensar en fallar o que la pared era más fuerte. Lo hará sí o sí!
Tomó impulso con sus piernas y junto al torbellino se lanzó contra el piso. En un parpadeo recorrió el espacio entre base y techo y esta vez la piedra gris estalló con un fulgurante estrépito.


Aunque la cortina de lágrimas que brotaba de los ojos de Nica ponía su visión borrosa, el ojo gigantesco no dejaba de figurar. Las risas se habían vuelto carcajadas y una penumbra estaba sustituyendo la anterior brillante luz. La masa de oscuridad estaba por tragarse a Nica. De pronto, algo brotó de la masa oscura y empezó a saltar hacia ella. Su sombrero de punta. Saltó hasta ponerse a los pies de ella. Al alzar el sombrero saltó una lucecita que destelló y a la par que fue tranquilizando a la niña, la masa oscura detuvo su avance y el gran ojo se entrecerró.
- ¿Por qué estás llorando, mi linda? – habló la chispa danzante a la niña quien se secó los ojos y respondió.
- Poque esa cosa fea me da medo, y me quere tragá.
- ¿Y qué es lo que más te da miedo de esa cosa fea?
- Ese ojo… ese ojote dojo, y tambén, tambén… lo ocuro, todo eso ocuro… me quere comé. Me da medo.
- ¿Tienes miedo de la oscuridad, mi pequeña? – susurró la chispa. La niña asintió sin vacilar. – Sientes miedo ante algo que si crees que te hará mal, te hará mal. – Ante estas palabras, la niña quedó pensativa y miró esta vez a la oscuridad. Por primera vez el ojo tembló inseguro. – Tienes miedo y éste te controla por completo. ¿Oscuridad? ¿No tienes a algo parecido dentro de ti misma? – El rostro de la niña se iluminó.
- Y lo más importante: PUEDES CONTROLARLO…
- Titoch… pero ya no puedo sacalo, pedí a mi tivadita…
- ¿Estás segura? Revisa bien tu sombrero.

Nica tomó de nuevo su sombrero y lo sacudió un poco. Ante su alegría y asombro, cayó de él su Trivarita. La niña lo tomó emocionada y lo abrazó. La chispa creció, aumentó su luz y se transformó en Alegría, la Virtud que le habían dado a cuidar.
- Así como tus espíritus comenzaron en forma inmadura, igual Tritoch, el lobo negro, aún no ha mostrado toda su fuerza. Depende tanto de ti como de mi mostrar toda la capacidad de esta feroz bestia. ¡Efectúa el ritual!
- ¡Muy ben! ¡Ahora vas a vé, masa fea!
Mientras la oscuridad seguía temblando paralizada, Nica comenzó su danza. Igual que lo había aprendido en esa lejana cueva, fue repitiendo los mismos pasos, mientras en tres puntos específicos invocaba con correcta dicción a Salamandra, luego a Undyne y finalmente a Silpho. Llegó finalmente el momento clímax. Moviendo rítmicamente a Trivarita, fue reabsorbiendo el poder elemental de cada uno de los espíritus, con lo que el báculo se volvió rojo, luego azul y luego amarillo brillante, para terminar los tres colores mezclándose en el mismo lugar. Con un veloz pase, Nica golpeó el suelo con su varita y surgió un enorme pentagrama luminoso.

- ¡AHORA! ¡COMBÍNAME CON TRIVARITA!
De forma instintiva, la niña tomó a Alegría en su mano y la dirigió al mismo lugar donde puso su arma. De esta manera, surgió un cuadrado luminoso que transformó el pentagrama en un eneagrama que empezó a soltar miríadas de chispas multicolores, rojas, azules y doradas. Nica, con Trivarita firme entre sus manos dijo la palabra final.
- ¡¡TRITOCH!!
Lo que empezó ahora a salir del eneagrama, primero fue una enorme cabeza de lobo, de ojos como brasas ardientes, pero Nica ahora se percató que el resto del cuerpo no sólo era mucho más grande, sino que ahora en vez de ser un cuadrúpedo, era bípedo, como un enorme y poderoso licántropo. Era la forma final de Tritoch, y tal su tamaño, que la chiquita estaba cómodamente sentada en uno de sus hombros. Profundamente emocionada, estampó un beso en la mejilla del lobo. Este la depositó con delicadeza en el suelo, y dirigiéndose hacia la masa de un ojo, le soltó un brutal rugido, que achicó aún más el ojo.

Una duda asaltó a la niña, al recordar que había probado los tres ataques elementales contra la masa negra, pero ninguno funcionó. Entonces volvió a escuchar la voz de la gema, ya incrustada en el centro de su Trivarita:
- Fracasó el fuego, fracasó el hielo y fracasó el rayo. ¿Y si intentas lo que antes hicimos? – con esto surgió una gran sonrisa en el rostro de la pequeña. Tanto el lobo como ella se miraron y asintieron, unidos ya en pensamiento.
Firmemente apoyado sobre sus patas traseras, Tritoch crispó sus garras. De la izquierda surgió una llama incandescente que ardió hasta cubrir todo el antebrazo. De la derecha el aire empezó a congelarse al punto que una neblina gélida se desprendía de toda la zarpa. Y del pecho brotaron filamentos luminosos que erizaron su pelaje y el pecho de la bestia refulgió. La bestia inhaló profundamente, al tiempo que Nica apuntaba a Trivarita hacia la masa, cuyo ojo volvió a abrirse pero mostrando un terror que lo desorbitó por completo. Unas palabras se formaron en la mente de la ñiña, que era el nombre del arcano de los tres elementos. Gritó con todo su corazón:
- ¡¡¡TIPLE EJECUCHÓOOOONNN!!!
Del hocico completamente abierto del lobo emergió una trenza formada por fuego, hielo y rayos fulgurantes, y fue tan potente el disparo que no sólo se consumió el ojo y la masa oscura, sino que también las paredes se desintegraron.


Los chillidos de terror de Rachel casi podían callar a los silbidos del feroz mar, que allá abajo, la esperaba. Ya sólo quedaba una columna de baldosas granate, y era cuestión de tiempo antes que ella cayera. Vértigo y náuseas la atormentaban junto al pánico de estar en esa situación. Ya no sabía qué hacer, no sabía dónde ni a quién acudir.
Su caída al vacío y luego a ese mar embravecido y salvaje sólo era cuestión de tiempo.
Inesperadamente, un halo prendió el cabello de Rachel, giró en el aire un poco y se puso frente a los ojos de la niña. El asombro sustituyó un poco al miedo.
- ¿Quién eres tú? – preguntó, un poco ronca luego de desgañitarse gritando de miedo.
- ¿Me has tenido bajo tu custodia y no te imaginas quién soy? Soy Inocencia, la Virtud del Niño que aceptaste cuidar.
- ¿Y por qué saliste recién? ¿Por qué dejaste que sufra tanto? – replicó ella un poco molesta.
- Nosotras no somos activadas sino hasta cuando nuestro custodio ha perdido los deseos de seguir adelante y se ha dejado vencer por el miedo, como tú. Mírate, eres la más inteligente de los tres y aquí estás, llorando sin parar. – Aunque las palabras de la gema enfurecieron un poco a Rachel, la luz que despedía también la liberó de su estado de terror e histeria.
- ¿Entonces qué quieres que haga? No hay salida, no hay dónde refugiarme y dentro de poco voy a caer.
- Las cosas no se terminan hasta que se terminan. No ves salida donde estás, pero hay una salida mucho más obvia, frente a ti.
- ¿Sal…saltar? ¡NO! ¡No quiero hacerlo! ¡Voy a caer al mar y me va a tragar, igual que hizo con mi peluche Moogle! – respondió entre asustada y molesta la niña.
- Concentras tus ideas y tus pensamientos donde no es. Interpreta lo que te digo y de seguro hallarás la salida. – Dicho esto Inocencia guardó silencio.

Rachel aunque mucho más serena y calma, no podía dejar de ver ese horrendo abismo que terminaba en el océano oscuro y relampagueante. Pese a todo, intentó meditar sobre esas palabras. Centrar los pensamientos en un lugar equivocado… La salida obvia… ¡Lo único que se le venía a la cabeza era espantoso sólo de imaginarlo! Pero tras ver a su alrededor reconoció que no tenía otra opción. Primero debía sobreponerse a ese miedo que paralizaba todo su cuerpo.
- Ya tengo la respuesta, y sé lo que debo hacer. ¿Pero y si falla?
- Ya te dije mi princesa. Centra tus pensamientos equivocadamente y fallarás.
Rachel volteó a ver al elevado pilar que era el único sustento que había tenido en toda esta pesadilla. Dio un paso hacia atrás y luego otro. Al notar el borde en sus pies un escalofrío la volvió a sacudir, pero con determinación logró controlarse.
- Sólo hay una forma de vencer esto. Y es… así.

Rachel dio un salto hacia atrás y comenzó a caer.
Se extrañó de no sentir más miedo, incluso se sentía serena y tranquila, mientras caía de espaldas al océano. Lo primero que pensó es que la altura era mucho más de lo que había supuesto, pues sentía el aire silbando en su espalda. Sus ojos estaban cerrados, cuando notó un brillo intenso y cálido por entre sus párpados. Inocencia flotaba sobre ella.
- Lo has logrado, has vencido a tu miedo. Bien por ti, mi linda.
- ¿… y ahora qué? No tengo a Moogle…
- ¿Estás segura?
Al voltear un poco la cabeza, la niña notó algo blanco cayendo junto a ella. ¡Era Moogle! Ya sin importar el hecho de estar en caída libre, lo abrazó con fuerza.
- Ahora mi niña, piensa en una solución. Usa lo que tengas a mano y piensa en una solución.
- …recuerdo que cuando me iba al parque tenía envidia de los pajaritos. Ellos nunca le tenían miedo a la altura. Siempre iban de un lado a otro, sin importar si bajo ellos había agua, tierra, piedra…
- ... en ese caso, ya habrás pensado en algo. Aférrame y soluciona este gran acertijo de una vez, por favor.

La niña, aferrando con un brazo a su peluche, tomó a Inocencia, la enemiga del miedo, en su otra mano. Era hora de hacer lo imposible posible. Lo que nadie había hecho, volverlo realidad. Juntó la gema de la virtud sobre el pecho de Moogle, cerró con fuerza los ojos y recitó con toda la convicción que era capaz:
- ¡¡QUIERO TENER ALAS!!
El juguete se volvió una esfera luminosa que creció y creció hasta envolver por completo a Rachel. La forma final de Moogle, Princesa Aegis, surgió nuevamente pero esta vez mucho más grande y ahora con una brillante armadura dorada en su pecho, sus antebrazos y un yelmo repleto de joyas protegía su cabeza y parte del rostro, y dos lustrosas esmeraldas cubrían los ojos de tan bella aparición. Aigis tomó a la niña entre sus cuatro brazos y de su espalda brotaron seis enormes y blancas alas. Bastó un solo aleteo para detener por completo la caída. Y con otro se elevó a una velocidad increíble no sólo por encima del mar sino por encima de la plataforma donde había estado Rachel atrapada. Finalmente, llegó hasta el renegrido cénit y lo atravesó en un estallido de luz cegador.


Uñac Huilli había dado tres pasos justos luego de voltearse y sentirse vencedor sobre los tres niños, cuando para su asombro oyó un bullir dentro de las Cunas de Tinieblas que nunca había oído antes. Volteó y para sorpresa tanto de él como de Puño vio las esferas negras hincharse mientras se iluminaban. Con un destello las tres burbujas estallaron y cada niño: Nico, Nica y Rachel salieron con las fuerzas completamente restablecidas, y lo que era peor, con la apariencia de ser mucho más poderosos que antes. Nico aferraba a Ultibat en cuya punta resplandecía Kaiserpuño. Nica estaba en el hombro izquierdo de Tritoch y Rachel estaba delante de una acorazada, alada y enorme Princesa Aegis, con su arco listo para atacar.
- ¡USTEDES!! ¿¡CÓMO PUDIERON ESCAPAR DE MI CUNA DE TINIEBLAS!? ¡NADIE HABÍA LOGRADO ESO ANTES!!
- ¡Porque hemos superado nuestros miedos! – respondió resuelta Rachel.
- ¡Y ya no te tenemo medo, ochocho! – dijo risueña Nica.
- Eso mismo Uñac Huilli. NOSOTROS TAMBIÉN HEMOS CRECIDO. – Dijo con un tremendo aplomo Nico.
- Mis queridos pequeños… habéis derrotado esta trampa maligna. ¡ES AHORA EL MOMENTO DE DERROTAR A SU CREADOR!! – Asintió intensamente Sr. Puño.

Era la hora de la batalla final.