viernes, 15 de julio de 2016

EL HOMBRE QUE SE VESTÍA DE DRAGÓN

Con esto inicio mi retorno formal a  mi estilo original de escritura. Al que siempre estuvieron acostumbrados. 

Empezó su día con una larga mirada al monigote.

Unos conjuntos de retazos, sábanas emparejadas de color en lo posible, originalmente blancos, beige o amarillos, que luego de un par de días en remojo en tinte, adquirieron una tonalidad verdosa. La piel, que un tosco cuadriculado con marcador negro dio apariencia de escamas. Medias viejas cosidas aparentando zarcillos en el lomo y la cola. Tubos largos de cartón, cartulina gruesa, unas latas de caña para aferrar cada extremo y las garras quedaron.  La cabeza fue una creación que despertaba, a pesar de todo, un rezago de satisfacción personal. Dos días de adherir papel maché a superficies redondas, articular la mandíbula, añadir colmillos, dos platos de papel para los ojos, con las pupilas chuecas para darle un burlón aspecto y lo mejor, un aparatito que sólo con un pulsar soplaba volutas del hielo seco, convenientemente coloreado de rojo para aparentar llamas.

Venced al fiero dragón, se llamaba su acto.

Era la sensación de fiestas infantiles, la fama del fiero dragón se había regado por el barrio, luego por la zona. Ya estaban llegando llamadas del centro y sur. El cumpleañero, el santo, quería derrotar al animal.
Cada día de onomástico era una oportunidad nueva. Llegaba a casa del homenajeado con sus atuendos al hombro y mientras los niños bailaban adoctrinados a restregarse unos contra otros, entre risas y fotos o videos de progenitores, iniciaba los preparativos. El sector más amplio de la casa debía ser, sin nada alrededor que pueda romperse u ocasionar daño a los pequeños. Un accidente o desgracia no podía contemplarse, por no decir que carecía de dinero para cubrir un seguro.

Igual cuando careció de cuidado para Marco.

 Una cortina que antes cubría un carro, hacía las veces de telón. Luego de haber provisto a cada invitado de sendas espadas de plástico, hizo correr la grabación. Un parlante de celular atronó que la comarca del reino –apellido del homenajeado- estaba amenazada por la presencia de un dragón, arrasador de villas y devorador de aldeanos inocentes. Así que sólo un ejército de aguerridos caballeros podría hacer frente al azote. Los padres risueños, veían mover y entrechocar las armas de sus vástagos.

El telón cayó, mostrando al saurio. Un chorro de vapor rojizo y un bien ensayado rugido dio inicio a la batalla. Los niños se precipitaron sobre la bestia quien echaba su fuego a diestra y siniestra, latigueaba su cola serpenteante y hendía con sus garras filosas. Pero tras una larga batalla de veinte minutos más o menos, las honrosas espadas y el valor de los caballeros se impusieron ante la oscura criatura, arrebatándole la vida. Con un aullido de agonía, el dragón se desplomó convulsionando en el suelo, con sus llamas extinguiéndose en sus fauces. Para asegurarse que no volvería a dar problemas más, los caballeros hundieron sus filos una y otra vez en el animal hasta que dejó de moverse por completo.

¡Victoria! El mal fue vencido y la justicia brilla triunfante.

Los aguerridos caballeros acudieron a sus aposentos a brindar con Fanta y atiborrarse de arroz con pollo, torta, galletas y bombones. Una vez solo, se reincorporó y empezó a recoger sus ajuares. Envolvió la carcasa en el telón y cargó con el bulto. Varios padres le estrecharon la mano, pidieron tarjetas, números, preguntaron por qué no se anunciaba en Facebook, Twitter, redes sociales. Que su función debían conocerla todos. Los niños se divertían, gozaban. Mejor que un payaso, mejor que un grupo de baile, que una hora loca.

Fiesta, feria, multitud de gente. Él y Marco, igual que tantos… por qué ellos… ¿por qué Marco?

Llegó a casa y contó sus honorarios. Diez dólares y tres más de propina de algunos padres. Terso billete y unas cuantas monedas, 25, 50, 1. Con razón la fama. Barato, bueno y bonito. Desenvolvió el paquete  y ceremoniosamente colocó su traje erguido sobre un soporte de lámpara. Frente a frente, dragón y humano. Cuerpo y alma. Aferró el cuello de la bestia y apretó todo lo que pudo hasta que sus antebrazos pidieron reposo. Se dio una ducha con agua helada y salió a gastar su dinero. Algo que llene su estómago y vacíe su mente. El aguardiente barato ofrecía un alivio efímero que no compensaba la resaca. Amanecer y el dragón lo miraba con ojos virolos. Oyó su risa burlona y exasperante. La réplica furibunda fue cortada por un tono del celular. Otra fiesta. ¿Nombre, apellido, dirección por favor? Sí, diez dólares, tres y media en punto. Claro que sí.

¡¡Claro que no!! ¡Era tu responsabilidad! ¡Te confié a Marquito dos hijueputas horas y regresas con esto! ¡Mi hijito, mi amado hijito!

Dos semanas y media de búsqueda frenética, la última actividad marital. Luego de eso, entre ella y suegros lo colocaron de patitas en la calle. Por imbécil. Por descuidado. Con qué perra habrá estado de labioso, dejando al güagüa quién sabe dónde. Maldita la hora en que lo conoció, en que aceptó unir sus vidas.

Comenzó en la calle, en el parque cercano al cuartito que rentó. Con tal guisa, sin detalles como zarcillos o el fuego fingido, bailaba, gesticulaba y rugía frente a los niños. Los primeros días las madres tomaban a sus críos y volvían a casa. Un chapa fue a preguntarle qué carajos hacía. Quiero entretener a los niños. Un brazo anónimo lanzó una piedra que le dejó un gran chibolo. Atontado volvió a su cuarto y especificó las cosas. Volvió a salir la tarde siguiente con un letrero en el cuello de la bestia. VENCED AL DRAGÓN. Un regordete crío, vigilado de cerca por sus padres y el chapa, se armó con una rama y empezó a golpear la cola del dragón. Este contraatacó con pausados y fallidos garrazos. El gordito empezó a reír. Los tímidos ramazos se cimentaron en sólidos golpes. Se unieron más niños. Cinco fueron, con palos y ramas a modo de espadas golpeaban sin cesar, entre risotadas y fintas. La escamosa piel quedó rasgada. Varias espinas hirieron su alma. Se desplomó en agonía y el apaleo siguió hasta que los padres con una expresión de lástima y desprecio apartaron a sus hijos y todos se alejaron.

Se alejó la esperanza y el sustento del trabajo. Qué pena por lo de su hijo, pero ya faltó demasiadas veces. Vaya nomás a buscar su liquidación. Morgue, hospitales, comisarías. Nadie. Nada.

Cada daño del traje suponía una inversión para mejorarlo. Ir a los sitios de donación buscando materiales. Cada viaje en bus suponía otra batalla entre los chasquidos y estrépitos del motor y el ruido cacófono de la música de radio. Rogaba por la victoria del motor.

Qué suerte que tras un tiempo de azuzar a los niños a la batalla, unas monedas cayeron. Alguien le dijo que era de anunciarse en fiestas, los niños lo iban a adorar. Primera matiné a dos cuadras del parque. Se anunció como el gran y fiero dragón. No había espadas, pero almohadas y juguetes hicieron las veces. Casi una hora de batalla hasta la muerte de la criatura. Niños riendo a carcajadas. Frentes sudorosas. Respiración jadeante. Casi quince dolaritos entre la tarifa y las propinas. Un éxito rotundo.

Los clientes aumentaron, las fiestas eran más numerosas y las felicitaciones aumentaban. Niños extenuados pero felices. De su montón de telas que cubrían su cuerpo y un trozo de cartón doblado con una piola a manera de cabeza, el dragón fue creciendo. Una cabeza hecha de látex era muy costosa. Así que reciclando y recogiendo añadió garras, cola espinosa, cuernos. Intentó con una cometa rota sacar alas pero estorbaban montón al moverse y replegar. Las desechó.

Mira papi, ese muñeco con alas, ése quiero, gánalo por favor. Claro Marquito, date sentando aquí y mira a tu papá cómo saca ese premio. Puta, fusil de mierda, virado estás. ¡A ver, otra ronda! Otra, otra, otra… chuta, ya me quedo chiro, otra más y ya nada. ¿Ah? ¡Elé, gané, gané! Mira hijito aquí está tu muñ… Marco… ¿Marquito, Marquitoooo?

Una vez la fiesta no era infantil, sino de púberes. Todos rieron del atado de trapos y ojos virolos que pretendía atacar, entre rugidos tembleques, algunos ni siquiera levantaron la vista de su Candy Crush o su Pokémon Go. El santo se levantó y reclamó airado al padre que pensaba que iba a ser uno de esos dragones de Game of Thrones, esa guevada más parecía un montón de trapo, para eso no hubiera traído nada. Papá complaciente, temeroso al rechazo de su adorado, reprodujo la queja añadiendo puntadas con el índice al pecho. Ninguna respuesta. Olvídese de su paga, me ha estafado. ¡Fuera! En vez de espada, puntapiés. En vez de victoria, burlas. Tropezó y cayó en la vereda, sobre él su telón, los insultos y las risotadas. Volvió en silencio a su cuartito. Armó el dragón  y tras mirarlo un rato, lo estranguló.

 Papá…Papá…Papá…Papá…pApá…PApÁ…pAPá…PAPÁ…papá…papÁ…

La voz de Marco lo levantaba cuántas veces de su sueño de borracho. El dragón, cada vez más detallado y burlesco. Chusco y patético, aterrador e imponente. Salía corriendo, gritando el nombre en cada sitio. Por algún lado debía aparecer. Calla chucha, hasta cuándo jodes, deja dormir, qué falta de respeto. Alguien que le diga dónde está Marco. Alguien que diga que le vio. Se fue por ahí, le vi con tal persona, está en tal casa. Nada. Volvía a su reducto, las manos se engarfiaban a centímetros del cogote del saurio y temblando ahí quedaban. El oprobio se vertía de los ojos virolos.
La tercera matiné del día, siete y cuarto según lo acordado, tras recorrer media ciudad en dos buses, abrazado a su hato como quisiera hacerlo con el ausente. Telón colocado y tras anunciar que un fiero dragón asolaba la comarca del apellido anfitrión, asomó de un salto, elevando los brazos y resoplando fuego en un amplio surtidor. Los caballeros soltaron su grito de guerra, tomaron sus sables filosos y arremetieron cuando un obús cayó sobre la bestia.

¡Vaya Marquito, dele duro al dragón!

Marco…Marco…MARCO.

El dragón quedó paralizado por un par de segundos pero con pasmosa velocidad atacó al caballero Marco. Lo aferró con sus garras y su testa horrenda sopló fuego, a la vez que la cola envolvía el cuerpo del valiente gladiador. A pesar de debatirse, el dragón era muy fuerte, así que sus fieles camaradas se lanzaron con todas sus fuerzas. El dragón era duro de pelar, y a pesar de no contraatacar, ofrecía una monumental resistencia a las armas. Aún perforada su piel, no caía. Sir Kevincito en sobrehumano esfuerzo decapitó a la bestia, pero sus zarpas aún aferraban a Sir Marco. Otros tres jalaron la cola y taclearon en repetidas veces a la bestia sin cabeza, pero no caía. Llegó el rey y con su presencia real apartó a Sir Marco del dragón descabezado y le increpó. Este sólo atinó a mostrar su alma, replegar el cadáver y salir a la carrera. Ni siquiera cobró.

La fatiga le hacía arrastrar los pies. Casi no pudo erigir al dragón con el cansancio y el llanto silente. Pero terminó. Retrocedió y oyó la reprimenda en lenguaje de dragones. Se llevó las manos a la cabeza pidiendo compasión, pero la letanía seguía. Una súplica sollozante. El escarnio proseguía. De súbito, en un arranque desesperado, las manos vuelven a retorcer el verdoso pescuezo, pero no se detienen ahí. Aferra un cuchillo y Excalibur cercena una garra. Penetra el cráneo borbotando fuego y sangre vaporosa. Las escamas pétreas se vuelven jirones. Los huesos crujen y se pulverizan. El dragón aúlla herido de muerte. Se ensaña con entrañas tejidas, las revienta, las deja en pedazos. Corren hilos de sangre por el piso. La compasión y la piedad se quemaron con el cáustico aliento. Sigfried queda bañado en sangre y vísceras menos en la parte del pecho cubierta por la ramita de brezo. Ya la está perforando, invocando la maldición Nibelunga, entre llanto furibundo y ayes cuando el teléfono suena.


Noticias de Marco.